miércoles, 25 de marzo de 2009

Una tarde en el cine




En Junio de 1988 comencé a trabajar en una empresa de reformas situada en el barrio del Pilar. El sueldo era más del doble de lo que estaba ganando en mi trabajo anterior, pero las condiciones resultaron, a la larga, bastante más duras. En primer lugar, se me terminó el chollo de poder ir al trabajo en metro. Por aquella zona no había parada, y desde mi casa resultaba toda una peregrinación a la Meca coger el autobús para llegar hasta la oficina, por lo que no me quedó más remedio que tirar de coche todos los días.

Mi cambio de trabajo coincidió también con un apretón en la Agencia de publicidad en la que trabajaba Pilar. Llegamos a un punto en el que casi no nos veíamos entre semana. Yo llegaba cansado a casa, y a ella le ocurría lo mismo. De vez en cuando sacábamos “fuerzas de franqueza”, como decía un amigo nuestro, y hacíamos lo imposible para vernos, bien acercándome yo a la Agencia si es que algún día, por esas casualidades de la vida, salía pronto, o bien acercándose ella hasta el barrio del Pilar, si la que salía a su hora era ella. En este último caso, solíamos tomar algo por alguno de los pocos bares que había en la zona, bastante alejada de la Vaguada, nos contábamos nuestras penurias, y después la llevaba a casa.

Nuestros fines de semana eran básicamente tranquilos. Habíamos empezado a distanciarnos un poco del grupo común de amigos, a los que llamábamos sólo de vez en cuando. Resulta curioso lo cómodos que siempre nos hemos encontrado Pilar y yo los dos solos, tanto en nuestra convivencia diaria como en los viajes. No es que saliéramos solos en ocasiones porque no tuviéramos a nadie con quien compartir la salida: es que a veces, incluso, nos las apañábamos desde el principio para que así fuera. Mantuvimos un contacto más directo y frecuente con una pareja que compartía la amistad con Pilar desde muchos años atrás: Feli y Luis. Recuerdo con nostalgia muchas tardes de sábado pasadas en su casa de Moratalaz, antes de que se fueran a vivir a Tres Cantos, llenas de juegos de sobremesa, música, y comida comprada en los establecimientos de la zona. A veces nos juntábamos incluso con mi hermana, mi hermano o mis primos, otras veces con Montse y Javier... La casa de Luis y Feli constituyó un lugar de encuentro perfecto, en la que nos daban las tantas de la madrugada charlando de lo divino y de lo humano, de viajes pasados, presentes y futuros, y de cualquier otro tema que se nos pusiera a tiro. La relación con Montse y Javier terminó por deteriorarse paulatinamente, hasta llegar a no tener prácticamente ningún contacto, en parte porque cada uno estaba viviendo su vida y su relación por caminos diferentes, y en gran parte también porque la distancia y los condicionamientos laborales, tanto de Pilar como míos, nos imprimió cierta dosis de pereza a los cuatro que acabó distanciándonos. A veces he pensado que también pudo ocurrir que tanto Pilar como yo necesitábamos disfrutar de nuestra relación de pareja en soledad, algo bastante difícil de conseguir cuando se está inmerso en un grupo de amigos. Creo que es una ley de vida que, en cualquier grupo, cuando se han formado las parejas correspondientes, el grupo acaba por disgregarse, como si hubiera cumplido su misión evangelizadora, por así decirlo.

Ni que decir tiene que mi grupo de amigos desapareció por completo, paulatinamente, de nuestra vida. Creo que eso es también una ley de vida, inmutable y perdurable: los amigos que se conservan suelen ser siempre los de la chica, y si acaso, algún amigo, normalmente sin novia, y muy, muy íntimo, del chico. Ese era el caso de Juan Antonio, mi primo y amigo de toda la vida, y de Maise, su novia por aquel entonces. Juan Antonio había conocido a Pilar en San Mateo, el famoso día de la primera cita, y algún día después en el que Pilar y yo habíamos ido a aquel lugar a tomar algo. No habíamos tenido ocasión de quedar para tomar algo, ir al cine y pasar la tarde juntos. Recuerdo con especial cariño una tarde de sábado, en la que Juan Antonio, o libraba en San Mateo, o entraba más tarde. Acordamos vernos en la puerta del cine Gran Vía, en la primera sesión, para ver una película que estaba de estreno, y que había supuesto una revolución al mezclar imagen animada con imagen real, algo que todavía suponía un avance técnico impresionante por aquella época. Se trataba de “¿Quién engañó a Roger Rabbit?”, lo recuerdo como si fuera ayer. Recogí a Pilar en su casa. Recuerdo hasta el vestido que llevaba, de color azul oscuro, uno de los que más le gustaban.

Hicimos la presentación oficial en la misma taquilla del cine, sacando la entrada para la película. Besos para Juan Antonio y Maise, besos para Pilar, y a entrar para ver la película. Pilar se sentó a mi lado y al lado de Maise, más o menos en la fila ocho o nueve del patio de butacas. Intercambiamos unas cuantas frases antes de que se apagaran las luces, y empezó la película.

Pues bien, amigos: os juro que, antes de que finalizaran los títulos de crédito, la buena de Pilar cerró los ojos, apoyó la cabeza en mi hombro, y se quedó dormida como un leño, literalmente. Increíble, pero cierto. Juan Antonio y Maise nos miraban, con cara de estar diciendo “¿qué narices hace Pilar durmiendo ante una película tan maravillosa?”. Lo cierto es que Pilar no llegó a saber nunca si la película era buena o no, porque no se despertó justo hasta el final. No se enteró de nada, la buena mujer. Una entrada, que por suerte en aquella época no eran tan caras como hoy en día, tirada literalmente a la basura.

Aquella tarde aprendí dos cosas con respecto a la afición de Pilar al cine: la primera, que jamás debía llevarla, bajo ninguna circunstancia, ni a la sesión de las cuatro ni a la sesión de las diez, y la segunda, que ya podían caer chuzos de punta, abrirse la tierra o caer una tormenta de peñascos de lava, que si la buena de Pilar tenía sueño, se dormía, le pillara donde le pillara. Hemos ido mucho al cine, muchísimo, más bien, porque los dos éramos grandes aficionados, y supimos inculcarle esa afición a Sergio (aunque la primera ocasión en la que fuimos los tres al cine resultó un desastre, como ya os contaré en su momento), pero siempre a las siete, o como mucho, a las ocho de la tarde. Por encima o por debajo de esa hora, Pilar se convertía en una especie de Icaro que se quedaba dormido, por muy incómoda que fuese la butaca.

jueves, 12 de marzo de 2009

La pasión de viajar


Uno de los rasgos más importantes de la personalidad de Pilar era la pasión que sentía ante los viajes, fueran del tipo que fueran, más largos o más cortos, a lugares lejanos o cercanos. Disfrutaba tanto con los preparativos como con el viaje en sí. Era una digna discípula de Kavafis, que en uno de sus poemas nos recomienda disfrutar del viaje, del trayecto a seguir para llegar a destino.

Antes de conocerla, yo solo había salido al extranjero con ocasión de un viaje de fin de curso al terminar COU. A Londres, para ser más exactos. En ese sentido, ella me llevaba una ventaja abismal. Pilar había estado en Inglaterra, viviendo en el seno de una familia británica durante cerca de un mes, con su amiga Montse. Había viajado a Dinamarca, a Holanda, a la antigua Yugoslavia, a Francia, y a otros muchos países de Europa de los que guardó un recuerdo imborrable. Pilar se entristeció mucho cuando se desató la locura en Yugoslavia, con aquella “limpieza étnica” que tantas vidas humanas costó. Ella había estado en Mostar, ciudad de la que conservaba un bello recuerdo, y no podía ver las noticias, en las que aparecía el viejo puente de esa ciudad, destrozado a base de bombas. Cuando volvió de Yugoslavia, la casa de revelado de fotografías le jugó a Pilar una jugada nefasta: le veló tres de los cuatro carretes que había gastado. Por suerte, trajo también innumerables postales y libros de la zona, entre las cuales cabe destacar cuatro fotografías antiguas de Mostar, que conservamos a día de hoy enmarcadas en el cuarto de estar.

Pilar seguía casi siempre un rito singular para organizar los viajes. Empezaba por elegir la zona a visitar, como es de suponer, y después indagaba por todos los medios a nuestro alcance, a través de Agencias de viajes cuando no existía Internet, y a través de este medio después, hasta conseguir fotografías fidedignas y actuales del hotel en el que íbamos a alojarnos durante nuestra estancia en el lugar que fuese. Siempre era ella la que buscaba, la que comparaba precios, la que impartía la ruta a seguir, a menos que se tratara de mantener un recorrido por carretera, en cuyo caso era yo el que organizaba las distintas paradas, en función de las distancias recorridas y de lo que hubiera que ver en cada una de ellas. Desde el mismo momento en que surgía la idea del viaje, un par de veces o incluso más cada año, Pilar disfrutaba con los preparativos. Si lo que íbamos a visitar era un lugar de montaña, se encargaba de apertrecharnos convenientemente, con guantes, cazadoras y calzado adecuado. Si de lo que se trataba era de ir a un lugar de playa, bañadores, ropa ligera y toda clase de flotadores, sobre todo en la fase de infancia de Sergio. Siempre sabía qué llevar exactamente a cada lugar, y se informaba incluso del tiempo que nos iba a hacer.

Era un placer dejarse llevar por su experiencia en viajar, pero sobre todo por su entusiasmo. Tanto Sergio como yo, como otras personas que nos han acompañado en ocasiones, hemos aprendido a viajar gracias a ella. Gracias a ella, el máximo placer que sentimos, consiste en preparar una maleta y dejarnos llevar por la aventura de conocer lugares nuevos. Dicen que viajando se le abre a uno la mente, y os puedo asegurar que es una afirmación absolutamente cierta. Si a ello le unimos además las facilidades que hoy en día nos proporciona Internet para realizar tan gratificante tarea, sacaremos en conclusión que, de tener más tiempo para ello, estaríamos viajando constantemente.

Pilar me comentó su pasión por los viajes muy poco tiempo después de empezar a salir juntos. Tanto entusiasmo ponía en ello, que acabó por contagiarme ese gusanillo que no me ha abandonado desde entonces. Como ya he contado más arriba, mi único viaje había sido a Londres, y tampoco es que me enterara de mucho, entre otras razones porque el asilvestramiento al que estábamos sometidos mis compañeros y yo, nos empujó a pasar gran parte de la semana encerrados entre las cuatro paredes del hotel, bebiendo, fumando y jugando a las cartas. Para que os hagáis una idea del patetismo de aquel viaje, os contaré que una noche nos quedamos a ver el festival de Eurovisión en uno de los salones del hotel, y coincidió con la ocasión en la que, a la buena de Betty Misiego, le robaron el primer puesto los quijotescos votantes españoles. Recuerdo que había a nuestro lado una pareja de ingleses que se descojonaba literalmente de nuestra caballerosidad. Con eso lo digo todo sobre aquel viaje.

Era cuestión de días que Pilar organizara lo que iba a ser nuestra primera salida al exterior. Se le ocurrió que podíamos pasar una semana, a principios de verano, en Palma de Mallorca. No me pareció nada mal, porque ni ella ni yo lo conocíamos, así que la maquinaria Pilar se puso en marcha, y antes de que quisiera darme cuenta ya había reservado los vuelos, el hotel, y hasta el coche de alquiler. Yo no tenía ningún problema para coger las vacaciones en las fechas que ella había dispuesto, así que no nos quedó otra cosa que esperar a tan señalada ocasión.

Hacíamos planes sobre lo bien que lo íbamos a pasar en Mallorca, sobre lo a gusto que íbamos a estar en el hotel, y sobre los baños que nos íbamos a pegar en la playa de Es Trench, que por aquel entonces ya sabíamos, gracias a los libros y a las guías que Pilar se había dedicado a recopilar tan afanosamente como siempre, que era una de las más famosas de toda la isla. La idea era alquilar un coche durante los cuatro primeros días, darnos la paliza recorriendo Valldemosa, Inca, la playa de la Calobra, Manacor y otros lugares emblemáticos, y pasar los tres últimos días tumbados a la pata la llana en la piscina del hotel, que tenía una pinta monumental en las fotografías. Pilar había contratado un régimen de media pensión, por lo que solo tendríamos que preocuparnos de la comida del medio día.

En aquellas estábamos, disfrutando por anticipado de una semana que nos iba a servir entre otras cosas para comprobar la calidad de nuestra convivencia, cuando el bueno de mi amigo Juanjo, aparejador como yo, me telefoneó para que me acercara a hacer una entrevista de trabajo en la empresa en la que él trabajaba. Aquello ocurrió más o menos en Junio de 1988, muy poquito antes del verano. Se trataba de cambiar de empresa con un sueldo de más del doble de lo que estaba ganando en aquel momento. Hice la entrevista, y me cogieron.

Recuerdo perfectamente la tarde en la que le comuniqué a Pilar que me había contratado una empresa nueva. Estábamos en el coche, en los alrededores de la calle Añastro, supongo que a punto de bajarnos para ir a Elke´s, al Yuppi o a cualquier otro antro de perdición de los que solíamos frecuentar. Le conté las condiciones, el sueldo, lo inmejorable que me había parecido el puesto, el horario, etc. Pilar me escuchaba entusiasmada, con un brillo de felicidad en los ojos. Un brillo que se borró cuando le dije que, debido a que acababa de entrar, no tenía todavía derecho a vacaciones, y que, por tanto, había que anular lo del viaje a Palma de Mallorca.

He visto en muy pocas ocasiones triste a Pilar, y os aseguro que aquella ocasión fue la primera, y una de las peores. Sin poderlo evitar, soltó unas lágrimas, apenada por tener que anular el viaje. La vi tan desconsolada, que le dije que no, que no me cambiaba de empresa, que no se preocupara, que ya habría más ocasiones, y que lo importante era nuestro viaje. En una de aquellas reacciones serenas que tanto he valorado durante todos estos años, Pilar dejó de llorar, se secó las lágrimas, y me dijo, con seriedad, que no dijera tonterías, que no podía desperdiciar una oportunidad como la que se me había presentado. Sonrió otra vez, me manifestó su alegría con un beso, y fuimos a celebrar mi mejora laboral aquella misma noche.

Nuestro primer viaje, nuestra primera ocasión para estar juntos los dos solos, se había anulado, pero vendrían otras muchas. Pasados los años fuimos a Palma de Mallorca, en un viaje calcado del que habíamos planeado para aquella primera ocasión. Pero esa, amigos, es otra entrada.

miércoles, 4 de marzo de 2009

El comienzo de algo serio




Supongo que a la mayoría de la gente le sucede algo parecido a lo que nos ocurrió a Pilar y a mi, aproximadamente seis o siete meses después de comenzar nuestra relación. Una vez superada la primera fase, la de embelesamiento inicial, la de esa tontería, que hacía que la gente se nos quedara mirando en el metro o en el autobús mientras nos prodigábamos nuestra ración de mimos diarios, y que mantienen todos los novios recién estrenados del mundo, sean de la raza que sean, y sean del credo que sean, las cosas parecen volver más o menos a su cauce.

Ya no nos veíamos a diario, supongo también que porque el cansancio de estar los dos trabajando a jornada completa, se impuso a la nube sobre la que habíamos estado inmersos los dos en los últimos meses. Empezamos a quedar un día sí y otro no, o algo parecido. Nos veíamos con muchas ganas, pero lo cierto es que, al menos por mi parte, la lejanía también empezaba a pasar factura. Me daba cierta pereza llevar a Pilar a su casa y volver a la mía, a las tantas de la noche, para acostarme y madrugar al día siguiente para ir al trabajo. Sé que resultaba egoísta por mi parte, pero hasta que conocí a Pilar, mis relaciones siempre habían sido una auténtica porquería, con todo el respeto a las chicas con las que salí. En este caso, se hace cierto la frase que titula esa película argentina, “no sos vos, soy yo”. Reconozco que la fase sentimental pre-Pilar de mi vida estuvo más marcada por la rutina o la atracción sexual, que por un verdadero sentimiento de amor.

Dejé de salir con la chica que precedió a Pilar seis meses después de comenzar la relación, por una razón de lo más miserable: vivía en un pueblo de la carretera de la Coruña, y me daba auténtica pereza coger el autobús cada sábado para ir a verla. Cada sábado, porque ni siquiera hacíamos intención de vernos entre semana. Así de crudo y así de triste, amigos. Llegó un momento en el que me excusaba cada sábado para no ir, alegando peregrinas razones de estudios o de cualquier otra naturaleza. Por aquel entonces yo no tenía coche, y ella tampoco estaba muy dispuesta a venir a Madrid. De hecho, creo que a ella le daba más pereza venir a Madrid que a mí visitarla en su pueblo, pero eso no era razón para dejar la relación. El caso es que, cuando ya llevaba más o menos tres semanas dándole excusas para no ir a verla, pensé que estaba haciendo el gilipollas, que resultaría más noble por mi parte confesarle que me daba pereza seguir con lo nuestro. Al cuarto sábado quedamos, le dije lo que me ocurría, y dejamos de salir.

Con Pilar me ocurrió algo parecido. Creo que también tiene algo que ver con mi forma de ser, bastante extraña si la comparamos con la forma de ser de la mayoría de la gente. En mi caso, tiene que ver con el gusto por mi soledad. Jamás me he encontrado incómodo por tener que pasar un fin de semana sin salir. Algo tendrá que ver con la cantidad de veces que he tenido que quedarme en casa por cuestión de estudios. Ese placer ante mi soledad me ayudó mucho en la fase en la que trabajaba fuera de Madrid, ya casado con Pilar. Prefería irme a casa al terminar la jornada laboral, y disfrutar de un buen libro, una buena película o, simplemente, remoloneando en el sofá con la caja tonta encendida, antes que ir de bares con los compañeros.

El caso es que no soy nada gregario, a menos que me interese mantener la amistad o el simple contacto con una o a lo sumo dos personas de un grupo, bien por afinidades culturales o sentimentales. Ahora que lo pienso, a Pilar debía de ocurrirle algo parecido, porque casi nunca hemos mantenido un grupo grande de amigos, quitando las salidas que hacíamos de vez en cuando con los padres de compañeros de colegio de Sergio. Nos hemos sentido mucho más cómodos con poca gente, una o dos parejas a lo sumo. Cada vez que un acontecimiento familiar nos reunía en manada, nos las arreglábamos para coincidir con los que más afinidad tuviéramos. Nada del otro mundo, creo, pero también conozco a mucha gente a la que le encanta la bullanga, la jarana y juntarse con mucha gente. No era nuestro caso, os lo aseguro.

Sin saber muy bien porqué, e influenciado sin duda por mi patética situación sentimental, empecé a intuir que aquello empezaba a aburrirme. El problema era que, en esta ocasión, me había topado con alguien que realmente merecía la pena.

Un sábado que me encontraba cansado, y con más ganas de quedarme en casa que de salir a la calle, llamé a Pilar para anular la cita que habíamos acordado el viernes. Aceptó sin demasiado entusiasmo por su parte, pero el caso es que aceptó. Después de vernos durante un par de días de la semana siguiente, llegó el sábado, y me inventé otra excusa para quedarme en casa holgazaneando.

Pero esta vez, amigos, la buena de Pilar no aceptó.

Y no solo no aceptó, sino que me soltó una sarta de reproches que me hicieron sentirme gusano por primera vez en mi vida. En su tono, bajito, sin alzar para nada la voz, me llamó de todo menos bonito. Creo que jamás he mantenido una conversación tan dura con nadie en toda mi vida, ni siquiera en mi trabajo, lugar en el que las conversaciones duras están a la orden del día. Yo escuchaba sin saber qué decir, porque no tenía argumentos para rebatir nada de lo que Pilar me estaba diciendo. Por resumir un poco la filosofía de lo que hablamos (de lo que hablaba ella, más bien, porque a mi solo me dejaba decir “sí, es verdad” de vez en cuando), os diré que me hizo ver que no se podía jugar con una persona de la manera en que lo estaba haciendo yo de un par de semanas para acá, más o menos. Que para jugar, me comprara un mono, y que me olvidara de ella si seguía por ese camino.

Al colgar el teléfono, además de la hostia verbal que había recibido, y del dolor de cabeza y de brazo que tenía (imaginaos una conversación en plena tensión de más de media hora de duración), sentí, como en una especie de fogonazo, que por primera vez en toda mi vida me había encontrado con una mujer que me gustaba, pero que me gustaba de verdad, a todos los niveles, capaz de reír cuando se trataba de reír, y de echar una bronca que te cagas, sin mover una pestaña, cuando de lo que se trataba era de eso. Pilar me demostró, con una simple charla telefónica, que respetaba la sinceridad por encima de todo, y que si por culpa de esa sinceridad tenía que romper su relación conmigo, lo haría sin dudar ni un momento.

Empecé a respetarla. Seguía enamorado, pero además la respetaba. No sé si me entendéis lo que trato de decir. Muchas relaciones están basadas en la costumbre, o incluso, en muchos casos, en la dependencia de uno hacia el otro. “Es que fulanito, o fulanita, es un auténtico desastre”, habréis escuchado miles de veces. Suele encontrarse poco respeto en muchas relaciones, y estoy convencido de que, en nuestro caso, el respeto comenzó aquella tarde de sábado, en la que pretendía escaquearme dando una excusa absurda. Las zalamerías, los peluches, los besitos y los corazoncitos rojos flotando en el ambiente dieron paso a una relación mucho más seria, más profunda y más intensa por parte de los dos. Habíamos empezado a intimar de verdad, a conocernos como personas, con nuestras debilidades, nuestras grandezas y nuestras miserias. Por primera vez descubrí la madurez, la importancia de una relación de verdad. Pilar me pareció tan soberbia, tan sincera en aquel momento de dolor para mi, que supe que era la persona con la que deseaba compartir el resto de mi vida. Así de simple, y así de sencillo.

Ni que decir tiene que aquel sábado me vestí deprisa y corrí a verla, con la seguridad de que había comenzado algo realmente serio.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Felicidades


Los cumpleaños de Pilar no se celebraban de una manera normal, como los de la mayoría de la gente normal. Eran más parecidos a una fiesta de varios días, tipo Pascua, Semana Santa, o Navidad. La razón por la que digo esto es muy simple: hacíamos varias celebraciones, porque uno de los pocos dogmas de fe que hemos mantenido a lo largo de nuestra trayectoria juntos, ha sido siempre el de no mezclar, ni bebidas, ni amistades, ni familiares.

Esa filosofía nos obligaba a mantener la costumbre de celebrar el cumpleaños en varias fases. Si el 28 de febrero caía en un día normal, entre semana, se celebraba la ceremonia más entrañable, con sus padres, Sergio cuando llegó, y yo, comiendo en casa, la consiguiente tarta o unos pasteles, y los regalos. Los regalos, se entiende, que le hacíamos sus padres y yo, porque el resto de la familia se los hacía el primer fin de semana que hubiera después del día del cumpleaños propiamente dicho.

A Pilar le encantaba que le hicieran regalos. Le resultaba imposible disimular la alegría que sentía cuando alguien le entregaba algo envuelto en papel de regalo. Creo que no he conocido a otra persona que disfrutara tanto abriendo envoltorios. Reía entusiasmada, como una niña pequeña, descubriera lo que descubriera en el interior del paquete. Agradecía con la misma sonrisa un reloj fashion, un bolso, o un chisme para dar masajes en el cuello. Bueno, este último engendro, que le regalé yo (¿quién si no podría regalar otra tontería semejante?), lo cierto es que acabó devolviéndolo, porque al primer masaje le salieron unos ronchones en el cuello que tardaron varios días en desaparecer. Era capaz de estar todo el santo día indagando, preguntando a unos y a otros qué le iba a caer, y hasta mirando en los armarios para ver si descubría los paquetes. Una vez la descubrí haciendo esto, y se puso roja como un tomate. En otra ocasión, descubrió lo que había dentro del paquete agitándolo. Pilar era, en definitiva, una experta en el asunto de los regalos. Resultaba siempre muy agradecida, era un verdadero placer regalarle lo que fuera, cualquier cosa, una tontería. Ella sonreía y se alegraba como si le hubieran regalado el diamante más famoso del mundo.

El día del cumpleaños, el 28 de febrero, el teléfono comenzaba a sonar a primera hora de la mañana, y ya no paraba en todo el día. Era algo increíble. De su familia llamaban prácticamente todos. Yo nunca había visto nada igual. Acostumbrado como estoy a que mis cumpleaños pasen sin pena ni gloria, alucinaba cuando veía a Pilar todo el santo día pegada al teléfono, con esa sonrisa y esa bondad que mostraba siempre cuando hablaba con alguien. No solo recibía llamadas de la familia. Amigos, vecinos, compañeros de trabajo... Todo el mundo se acordaba perfectamente del cumpleaños de Pilar.

El fin de semana siguiente se celebraba la segunda parte de la ceremonia, con mi familia, y a veces la suya si no se había podido celebrar el día del cumpleaños propiamente dicho. Normalmente se hacía una comida o una cena, normalmente en casa, con platos preparados por Pilar, que era una gran cocinera, como ya sabéis muchos de vosotros, y especialmente los que habéis tenido la oportunidad de comprobarlo. La celebración acababa de la misma manera que la del día oficial, con la entrega de regalos, si es que habíamos podido contener el nerviosismo de Pilar. En muchas ocasiones no nos fue posible, y Pilar estaba ya abriendo regalos antes de que los invitados terminaran de quitarse los abrigos.

Uno de los dos días del fin de semana siguiente lo reservábamos para celebrar el cumpleaños con las amistades. En esta ocasión, sobre todo al principio, solíamos hacerlo fuera, en alguna terraza de el Pardo, un lugar al que solíamos ir bastante, influenciados por Montse y su novio Javier, a los que les gustaba bastante aquel pueblo. En los últimos años nos las arreglábamos para hacer coincidir dos celebraciones de cumpleaños, la de Pilar y la de nuestro amigo Jose, que cumple los años muy poco después de Pilar. Tengo muy recientes en la memoria las maravillosas comidas y cenas que hacíamos en casa de Loli y Jose, o en la nuestra, que se prolongaban hasta altas horas de la madrugada, y en las que no dejábamos de reír durante ni un solo segundo, fuera a costa de lo que fuera, normalmente a costa de los años cumplidos por Pilar y Jose. Loli le cogió enseguida el truco a Pilar, y puedo decir con autoridad que los regalos que le hacía siempre le han encantado.

He celebrado con Pilar veinte cumpleaños, ni uno más, ni uno menos, y de los veinte guardo algún recuerdo, alguna sensación, alguna alegría o alguna pena, si no estaba en casa, como ocurrió varias veces durante los años en los que trabajé fuera de Madrid. Una pena efímera, porque sabía de sobra que el fin de semana llegaría la celebración multitudinaria del acontecimiento. Han sido veinte cumpleaños llenos de regalos, de besos, de agradecimientos, de llamadas telefónicas, de felicitaciones, de abrazos y de felicidad. Han sido también veinte cumpleaños llenos de flores.

El primer año que Pilar celebró su cumpleaños conmigo, cuando apenas habíamos empezado a salir, se las arregló para insinuarme que le encantaban las orquídeas. Aquello marcó una costumbre que ha perdurado hasta el final: el regalo de flores. Las primeras orquídeas, que hacían su aparición en su cumpleaños, en San Valentín, en el día del Pilar y en cualquier otra ocasión en la que se me ocurriera, dieron paso a las rosas, a los ramos de flor variada y, en una ocasión, a un ramo de tulipanes que no nos duró ni tres días. En Navidad, siempre había en casa una flor de pascua, la mayor parte de las veces adquirida por su madre. El ritual era siempre el mismo: Pilar se emocionaba al recibir el ramo, y después me pedía que me subiera al sofá a coger el jarrón que teníamos en la zona más alta de la librería. Un poco de agua, y el ramo presidía la mesa durante todo el tiempo que duraba. La forma de recibir el ramo también era casi siempre la misma: lo encargaba en la floristería de turno, y se lo enviaban a casa a media mañana, normalmente con una tarjeta mía en la que le decía una de esas frases, más o menos cursis, que se suelen decir cuando se regala un ramo de flores.

Estés donde estés, Pilar, te deseo que pases un feliz cumpleaños.

miércoles, 18 de febrero de 2009

El amigo hipopótamo


Eramos jóvenes, maduros, trabajábamos, los dos teníamos un sueldecito (bastante más alto el de Pilar que el mío, todo hay que decirlo), estábamos empezando una relación... Pero sobre todo, y por encima de todo, éramos novios, y ya se sabe que los novios, a pesar de todo lo anterior, hacen muchas tonterías, “muchas tontunas”, como nos decían nuestros mayores, y la historia que voy a contaros hoy no es más que eso, una tontuna, una de esas “regresiones a la infancia” que solo tienen los enamorados. Los recién enamorados, para matizar un poco más la cuestión. Seguro que a todos vosotros os ha ocurrido alguna vez algo parecido.

El caso es que solíamos frecuentar bastante también el VIPS de López de Hoyos situado en la zona de López de Hoyos antes de cruzar la M-30, en un amplio bulevar en el que se puede aparcar en batería si es que tienes la suerte de encontrar sitio. No había día que entráramos VIPS sin salir con alguna chorrada, ya fuera en forma de libro, en forma de cinta de casette (eran otros tiempos. No existía el mp3 ni nada que se le pareciera), en forma de cd o en forma de esas chorradas que solo venden en el VIPS, tipo lamparita en forma de cerdito, bolso en forma de caja de caudales y muchas otyras de las que ahora no me acuerdo, pero que si vais a un VIPS sabréis identificar perfectamente.

En el VIPS sufrió Pilar por primera vez mi marcada tendencia a la compra compulsiva de libros de todo tipo. Por aquel entonces comenzaba Taschen su andadura de libros de pintores a precios irrisorios, y cuando yo no me compraba uno de Magritte o de Escher, me lo regalaba Pilar al día siguiente. Pilar me perdonaba un vicio que después, con el paso de los años, me afeaba con esa delicadeza suya que la caracterizaba. Si al principio jaleaba, e incluso contribuía a alimentar esa obsesión mís por el aspecto y el olor del papel impreso, llegó un momento en que cada vez que me veía llegar a casa con un libro, me regañaba, más que nada porque cada vez teníamos menos sítio en casa para colocarlo.

Pero en fin, no adelantemos costumbres y actitudes a las que ya les llegará su momento en este blog. Un buen día, en una de las zonas del VIPS dedicada a todo tipo de articulos (juguetes, casettes con forma de coche americano, botes de Coca-cola que bailaban, trajecitos de lagarterana...), apareció, colgado sobre nuestras cabezas, un gigantesco hipopótamo de color verde claro, confeccionado con una especie de lona ligera, de más de un metro de largo y de cerca de un metro de alto. Una mole, vaya, con una cara más o menos graciosa gracias a unos enormes ojos de plástico que le conferían una mirada simpática. Nada más verlo, Pilar emitió una exclamación de admiración. La verdad es que, los primeros días, todo el mundo se quedaba mirando al verdoso hipopótamo. Ahora es muy normal ver en las tiendas de juguetes tigres, jirafas y elefantes de peluche de gran tamaño, pero en aquella época era toda una novedad.

Estuvimos bastante tiempo viendo aquel monstruo, y cada una de las veces, Pilar decía que era muy bonito. Su expresión se hacía cada vez más triste, o eso nos parecía a nosotros. Supongo que era porque todo el mundo lo miraba, pero nadie lo compraba, por su descomunal tamaño, unido al hecho de que el bicho cuestión costaba la friolera de quince mil pesetazas. Una salvajada, pero por aquel entonces los chinos todavía no habían arrasado el mercado de los peluches con sus buenos precios.

Creo que fue para su primer cumpleaños, o para el día del Pilar, o simplemente porque se me cruzó un cable, pero el caso es que un buen día, un sábado, me pasé por el VIPS de López de Hoyos para comprar el puñetero hipopótamo. Lo peor no fue soltar las quince mil pesetazas (una quinta parte de mi sueldo) sin que apenas me temblara la mano, ni esperar en el centro de un corrillo de espectadores a que un par de empleados bajaran aquella mole del techo con la ayuda de una escalera. Lo peor fue recibir el hipopótamo de manos de aquellos empleados, cogerlo en mis brazos, atravesar el VIPS bajo la sonriente mirada de los privilegiados que estaban allí contemplando a un hipopótamo llevar a otro hipopótamo bajo el brazo y, sobre todo, meterlo, literalmente a presión, en el asiento del conductor de mi Peugeot 205, proporcionándoles un espectáculo gratuito a todos los que en aquel momento paseaban por el bulevar, que eran bastantes debido al buen tiempo que hacía aquella tarde. De camino a casa de Pilar, me paró un guardia, y al comprobar que lo que él había tomado por un pasajero con un vestido verde con la cabeza pegada al parabrisas, era en realidad un enorme hipopótamo, empezó a reír sin poder contenerse.

La segunda parte vino cuando bajé del coche, cogí a la criaturita y, con ella en brazos, llamé al portero automático de mi novia. Recé para no encontrarme con nadie, pero justo a esa hora debieron de dar la salida, porque seis o siete vecinos corearon con gracia mi aspecto de vendedor de peluches a domicilio. Pilar se entusiasmó al recibir el hipopótamo en sus brazos. Por suerte, su relleno Era muy ligero, como pudimos comprobar en las ocasiones posteriores en las que al bicho le daba por irlo soltando, y se podía manejar más o menos bien. Pesaba poco, pero abultaba mucho, y era muy complicado abarcarlo con las manos. Después de barajar diversas opciones, Pilar decidió colocarlo en un rincón de su dormitorio, como un mueble más. Eso es lo que era. Un mueble. Un mueble inútil, porque ocupaba lo mismo, pero no servía absolutamente para nada.

El entusiasmo inicial de Pilar se fue enfriando a medida que tenía que ir cambiando el hipopótamo de lugar para poder acceder a los diferentes armarios. Con el tiempo, la alegría que nos había proporcionado aquel bicho se fue transformando en aburrimiento ante su presencia. Todo al principio es belleza, pero hasta la belleza aburre si se contempla todos los días.

El hipopótamo recuperó algo de su importancia inicial cuando Sergio empezó a corretear por la casa. Le gustaba tirarse de cabeza contra el hipopótamo, aún a riesgo de partirse la crisma si por una casualidad del destino fallaba la trayectoria. Jugaba con el, de una forma tan vehemente, que en una ocasión le arrancó uno de sus grandes ojos de plástico. Empezó así la decadencia de nuestro querido hipopótamo.

Nunca supimos exactamente lo que le ocurrió a nuestro amigo. Le llevamos a Granada, a un piso que compramos en el 91, y cuando vendimos el piso, allá por el 2000, nuestro pobre hipopótamo se quedó allí. Había dejado de gustarnos, por aquello de lo descomunal de su tamaño, pero tampoco nos atrevíamos a tirarlo abiertamente, por aquello de que nos recordaba nuestros comienzos como pareja y la alegría con la que lo habíamos recibido entre nosotros.

En fin, que todo fluye, nada permanece, y que en un momento dado se pueden hacer tontunas que después, al recordarlas, despiertan una sonrisa.

miércoles, 11 de febrero de 2009

El hombrecito del frac




Aparte de nuestras andanzas con el pulpo y el ribeiro, al poco tiempo de empezar a salir descubrimos un pub nuevo, situado al lado de la calle Añastro, en las cercanías del Elkes. Se trataba de un local bastante grande, lleno de dependencias aisladas, bastante oscurito para nuestro gusto, que era básicamente lo que buscábamos, y con música de los ochenta, de esa que nunca morirá. Nos gustó mucho. Los primeros días venía a saludarnos el mismo dueño del local, un individuo bastante curioso, parecido a Jose Luis Uribarri, pero en una escala más pequeña. Debía de medir como un metro cincuenta o algo así, y casi siempre le vimos de smoking o frac, muy elegante, algo que no nos cuadraba mucho ni con la música ni con la estética de la gente que frecuentaba el local, pero bueno, nos gustó, y nos apalancamos, como era nuestra costumbre cuando nos agradaba algún lugar en concreto.

El bar se llamaba “Yuppi”, “Chupi”, o algo así, no lo recuerdo. Fue en ese pub donde, apenas un par de semanas después de empezar a salir, Pilar sintió la necesidad de sincerarse conmigo, y me contó que había tenido algunas relaciones antes de lo nuestro, cosa que le agradecí, por el arranque de sinceridad que tuvo al contármelo, pero que en realidad no me importaba en absoluto. Yo le conté también mis sublimes y patéticos noviazgos anteriores, nos reímos un rato, y nos olvidamos para siempre del tema. Creo que resultó positivo que ambos hubiéramos tenido experiencias previas, porque nos ayudó a encajar mejor el uno con el otro prácticamente desde el primer momento.

En esas estábamos, confesándonos mutuamente nuestros escarceos amorosos por esos mundos de Dios, cuando la miniatura de Uribarri se acercó a nuestra mesa. “¿Qué tal, chicosss?”. Lo pronunciaba así, dilatando la “s”, como esas locutoras de radio que parece que silban cuando hablan. Después de alabarle nosotros las excelencias del local y la comodidad de sus mullidos sofás, el hombre pareció querer entrar en algo más de profundidad, y nos preguntó que donde vivíamos, que qué nos apetecía más de beber, que cuales eran nuestros aperitivos preferidos, a todo lo cual le íbamos contestando con nuestra educación habitual (eso es algo que siempre hemos tenido Pilar y yo, excepto cuando una situación surrealista nos ha obligado a perder los estribos), y con una sonrisa de oreja a oreja. El buen hombre, que era el colmo de la amabilidad al principio, y que supongo que lo que estaba haciendo era un estudio de mercado tipo Burger king, similar al de esos hipermercados en los que la cajera te pregunta tu código postal, fue distanciándose cada vez un poco más a medida que el local se le iba llenando cada tarde de clientes. Clientes que, para nuestra sorpresa, eran cada vez más jóvenes.

Nunca sabremos lo que le mosqueó a aquel hombre de nosotros. Pudo ser el hecho de que Pilar y yo nos tiráramos toda la santa tarde con una Coca-cola cada uno (que por cierto, eran bastante baratas). Pudo ser también, lo he pensado alguna vez, que nuestras excesivas efusiones amorosas (nos enganchábamos el uno al otro en un fuerte beso desde que nos sentábamos hasta que nos levantábamos para irnos, con las esporádicas pausas necesarias para darle un trago al vaso, o para comernos un puñado de aperitivos) le parecieran poco procedentes, sobre todo si tenemos en cuenta la cada vez más incipiente juventud y gregarismo de los otros clientes, que se reunían en grupos como mínimo de cinco o seis personas. Pudo ser también que aquel hombre fuera una especie de precursor de los actuales gorilas que no te dejan pasar a un local por mucho que te maquees, y que quisiera para su clientela una estética bastante más llamativa que la vestimenta de after-normal que solíamos llevar Pilar y yo, y sobre todo yo. No lo sabemos, ni lo sabremos nunca, pero el caso es que, a medida que pasaban el tiempo y las semanas, dejamos de escuchar ese “¿Qué tal, chicosssss?” tan entrañable de los primeros días, y de la sonrisa, el pequeño Uribarri pasó a una tensa frialdad que, por supuesto, nos hubiera importado un carajo si no hubiera estado acompañada de un bajón tanto en la calidad como en la cantidad de los aperitivos que nos servía personalmente aquel buen hombre.

Al principio, motivo por el cual decidimos que aquel era un buen lugar al que acudir, nos sacaba platitos de ensaladilla rusa, boquerones en vinagre, aceitunas, anchoas sobre pimiento y un trocito de pan, y hasta platitos de anacardos, un fruto seco que por aquel entonces comenzaba a conocerse por estos pagos, o eso creíamos nosotros. A medida que se iba enfriando la relación, desaparecieron los aperitivos. Otra de las razones que se me ocurren para que el pequeño Uribarri empezara a racanear es que en realidad ya se había hecho una clientela, y nunca se encontraba con el local vacío, incluso, y eso es un mérito que hay que reconocerle a aquel pub, los días de diario, cuando el resto de locales estaban más tristes y solitarios que un tablao flamenco a las diez de la mañana. Suele ocurrir con todos los bares y restaurantes que en el mundo han sido. Tienen un periodo de subida y otro de bajada, de decadencia, de “rise and fall”, que dicen los ingleses. Eso ocurre mucho con los restaurantes a los que acuden los obreros de la construcción. Incomprensiblemente, el dueño del local, cuando ya lo tiene lleno todos los días, empieza a bajar la calidad, para sacarle más pasta al negocio. Un suicidio comercial que nunca he entendido, pero que se suele dar con bastante más frecuencia de la que sería deseable.

El caso es que los anacardos, la ensaladilla rusa y las anchoas fueron sustituidos, sin ningún miramiento, por un insignificante platito de panchitos, y no de la mejor calidad, precisamente. La naturaleza de aquellos panchitos, cada vez más revenidos, era directamente proporcional al desapego del dueño, que dejó de acercarse por completo a nuestra mesa. Nuestros últimos días en aquel lugar los pasábamos, abrazados, eso por supuesto, observando las idas y venidas de aquella especie de maestro de ceremonias, que disfrutaba con la espectacular subida de su negocio sin importarle un carajo los clientes más antiguos. La gota que colmó el vaso se produjo una tarde en la que nos colocó delante dos coca-colas, sin el hielo ni el limón acostumbrados, y ni siquiera se dignó a traernos el miserable plato de panchitos rancios al que ya nos habíamos acostumbrado (a la fuerza ahorcan, que se dice por ahí). Pilar y yo intercambiamos una simple mirada, como siempre, nos tomamos las coca-colas casi de un trago, pagamos y nos fuimos, a la búsqueda de nuevos horizontes en los que se pudiera picotear de un modo más abundante.

Como ya era nuestra costumbre, jamás volvimos al pub “Yuppi”, “Chupi” o como quiera que se llamase aquel local.

martes, 3 de febrero de 2009

Dos ribeiros y una de pulpo


Al día siguiente, Pilar se presentó con abrigo blanco muy elegante, y nada más verme me soltó un beso. Nos cogimos del brazo y nos dirigimos hacia la calle Zurbano, sin rumbo fijo, a la búsqueda de algún bar para tomar algo. Resulta curioso, recordándolo ahora, que no estuviéramos cansados en absoluto, a pesar de trabajar los dos en aquella durante casi diez horas diarias, hasta las siete o las siete y media de la tarde. No nos importaba en absoluto. Quedábamos todos los días, y nos movíamos por la zona de Santa Engracia y calles aledañas, porque la zona en la que trabajaba Pilar, la colonia del Viso, estaba bastante despoblada de pubs y bares para comer algo.

En Zurbano descubrimos un pub cerca de la embajada inglesa, creo recordar. Nos sentamos y pedimos algo de beber, mientras Pilar me contaba que en su trabajo le habían descubierto enseguida en la cara que estaba saliendo con alguien. “Maite, nada más verme, me lo ha dicho: qué contenta se te ve hoy”. Pilar era muy expresiva, todos los que la conocisteis lo sabéis de sobra. Se le notaba enseguida, sin que dijera nada, si estaba molesta, alegre, radiante, triste o simplemente aburrida. Mientras me contaba aquello, su cara reflejaba exactamente la misma expresión que le había descubierto la tal Maite aquel mismo día por la mañana. Disfrutaba rememorando el momento en el que su compañera había descubierto que tenía algo que contar. Finalmente, se había visto obligada a dar explicaciones, y les dijo a sus compañeros que estaba saliendo con un chico bastante simpático.

A aquellas alturas, después de más de dos meses de relación, prácticamente nos lo sabíamos todo el uno del otro, al menos en lo que se refería a circunstancias laborales, familiares y lúdicas. Había llegado el momento de conocernos un poco mejor, pero la verdad es que los primeros días hablábamos bastante poco, por no decir nada. Nos fundíamos en interminables besos y arrumacos, como si quisiéramos recuperar el tiempo perdido.

Pilar me llevó uno de aquellos primeros días, una tarde en la que me había llevado el coche, a un bar que todavía existe, el “Elke´s”, en la calle Añastro, un lugar en el que preparaban unos zumos de muerte, en copón gigante, con los ingredientes que quisieras. Resulta curioso que muchos de nuestros amigos de aquella época y posteriores respondían con un “Ah, sí, el Elke´s”, cuando les hablábamos de la panzada de zumos que nos dábamos un día sí y otro también. Si nos habíamos quedado con hambre, nos metíamos entre pecho y espalda un cruassán relleno de jamón y queso en una cafetería situada un poco más arriba en la misma calle.

Otras veces nos quedábamos por la zona del Canal de Isabel II, y más concretamente en un bar regentado por una pareja gallega situado en una de las calles perpendiculares a Santa Engracia. La historia de este bar es bastante curiosa. Normalmente, nada más vernos, a eso de las siete o las siete y media, nos íbamos a un pub, a tomar un par de coca-colas o unas cervezas, y a eso de las diez, las diez y media y en algunas ocasiones incluso las once de la noche, nos presentábamos en el susodicho bar, con más hambre que un par de lobos, para pedirnos, y esto creo que fue desde el primer día, una ración de pulpo a la gallega.

Al principio, la mujer, que era la que cocinaba, no hacía ningún gesto, pero al repetirse la jugada durante tres o cuatro días, empezó a mostrar su fastidio, supongo que por tener que ponerse a preparar una ración de pulpo a la gallega a tan altas horas de la noche, y un día de diario, además, en el que normalmente el local estaba vacío o con los últimos parroquianos. Recuerdo que sentíamos algo de remordimiento ante los cada vez más manifiestos gestos de fastidio de la mujer, pero como nos gustaba mucho el pulpo a la gallega, volvíamos cada día. “Buenas noches. Dos ribeiros y una de pulpo a la gallega, por favor”, era nuestro saludo al marido –en realidad no sabíamos si eran marido y mujer, pero como en el noventa por ciento de los locales regentados por gallegos es esa la costumbre, decidimos que aquel bar no iba a ser menos-. El marido miraba entonces a su mujer, con ojillos de cordero y una sonrisa dibujada en los labios, y era entonces cuando ella bufaba, muy leve los primeros días y descaradamente después. Tardaba poco en preparar la ración de pulpo, y menos nosotros en devorarla, sin intercambiar a penas una palabra, ni entre nosotros ni entre tan entrañable pareja. Terminábamos de bebernos el vino, pagábamos religiosamente, y hasta el día siguiente. Una vez, mientras arrancaba el coche, observé a través del espejo que la pareja salía del bar y echaba el cierre, lo que me terminó de concebir la idea de que realmente estaban deseando que nos fuéramos para descansar. No por ello dejamos de acudir a nuestra cita diaria. El pulpo a la gallega que preparaba aquella mujer estaba de muerte. Hasta que ocurrió lo que ocurrió.

Pilar y yo contábamos esto como anécdota, para justificar lo radicales que podíamos llegar a ser cuando algo no nos cuadraba. El caso es que, un buen día, llegamos al bar de los gallegos, como tantas otras veces, y como tantas otras veces, pedimos los dos ribeiros y la ración de pulpo a la gallega. El marido miró a la mujer, como siempre, pero en esta ocasión, la buena señora no bufó, como era su costumbre. Sonrió a su vez, y nos dijo “no me queda pulpo”. Pilar y yo sentimos que algo se hundía bajo nuestros pies. ¡!No le quedaba pulpo!!. Sin decirnos una palabra, sabíamos los dos lo que estábamos pensando. “Pues nos vamos”, le dijimos al hombre. “¿Cómo que se van –dijo la mujer-. Tengo otras cosas. Lacón con grelos, codillo con cachelos... Hoy he preparado una empanada de zamburiñas que está de muerte”. Nada. No hubo manera. A pesar de que los platos que nos nombraba aquella desesperada mujer estaban tan buenos o más que el pulpo a feira, como pudimos comprobar años más tarde durante nuestra estancia en Santiago de Compostela, estábamos tan dolidos en aquella ocasión por no haber podido cenar nuestro pulpo, que abandonamos el local sin ningún tipo de complejo. Y no fue eso lo peor. Lo peor fue que jamás volvimos. No me preguntéis porqué. Supongo que el atontamiento que producen los primeros días, meses y años de noviazgo en algunos casos, tuvo bastante que ver con aquella drástica decisión, pero la cuestión es que jamás volvimos a aquel bar, del que a día de hoy ignoro por completo si todavía existe.

Y fue una pena, porque aquel pulpo a feira estaba de muerte, os lo aseguro