martes, 1 de diciembre de 2009

El embrujo de Granada




En este caso no tengo ninguna duda en lo que se refiere a la fecha, ni en lo que se refiere a todo lo demás. Ocurrió el fin de semana del 22 de Junio de 1991. Nada más terminar de trabajar, recogí a Pilar y nos largamos en el coche a Granada. Habíamos reservado habitación en el hotel París, situado en el centro de la ciudad. Un hotel con mucho encanto, con corrala, patio tipo andaluz, y su fuente correspondiente en el centro. El hotel estaba regentado por una mujer mayor, con gafas, morena, con una amabilidad que derrochaba sin ningún remordimiento. Ella misma nos llevó a la habitación, decorada con muebles, cuadros y objetos antiguos. El suelo era de tarima ajada por los años, de esa que rechina al andar sobre ella. Nos encantó el lugar. Al año siguiente, cuando el hotel había sido comprado por la cadena NH y la mujer amable había desaparecido, volvimos allí. En aquella otra ocasión, nos metieron en una habitación desde la que se escuchaba, como un vendaval, la máquina encargada de refrigerar el recinto, pero esa es otra historia que conviene mejor olvidar.



Durante la mañana del sábado nos dedicamos a deambular por Granada. Ya conocíamos perfectamente la ciudad. Yo desde niño, y Pilar poco después, aunque no con tanta profundidad como yo. Nos dejábamos llevar por nuestros pies, lentamente, paseando. No teníamos ninguna prisa. Entramos en varias tiendas de la Alcaicería, con ese sabor a medina árabe inconfundible. Entramos en la catedral, nos dejamos embaucar por una gitana que rápidamente le colocó a Pilar un clavel en la mano que después pretendía cobrar a precio de oro, y finalmente desembocamos en una librería situada junto a la puerta de la catedral. El vendedor, un individuo grueso con aspecto bonachón, nos enseñó las últimas novedades, entre las que destacaba una edición facsímil de la primera edición del Romancero Gitano de Lorca, con ilustraciones del propio autor. Ni que decir tiene que Pilar se encariñó tan rápidamente con aquella joya, que no nos quedó más remedio que comprarla. En ese sentido, Pilar era muy clara. Si un libro le entraba por los ojos, ya era suyo.



Con nuestro cargamento de libros (yo también compré unos cuantos que hablaban de historias y anécdotas de Granada) y recuerdos de la Alcaicería, nos dirigimos a Chiquito, un restaurante que hace esquina, situado en una manzana de casas justo enfrente del corte inglés. Después de comer, al hotel, a dormir la siesta. Mientras Pilar dormitaba, yo le leía poemas del Romancero Gitano. Cuando acababa uno, y pensando que estaba dormida, intentaba cerrar el libro. Ella abría un ojo, me miraba, y decía “¿qué haces? Venga, léeme otro”. Así pasamos la hora de la siesta. Como podéis comprobar, nos estábamos tomando el día con una parsimonia y una laxitud que apabullaban. Por aquellas fechas, mediados de junio, el calor en Granada empezaba a ser importante, y nosotros intentábamos, de manera consciente y porque no nos apetecía otra cosa, no movernos demasiado, para no sudar. Todo lo que os he contado transcurrió en un espacio de no más de medio, a lo sumo un kilómetro de diámetro.



Cuando se fue acercando la hora, empezamos a vestirnos. A veces he pensado que parecíamos dos toreros colocándonos el traje de luces. Pilar se enfundó un vestido que se había comprado en Mallorca, unos zapatos muy elegantes, y una chaqueta fina de color claro. Yo me puse unos zapatos de color marrón, un pantalón de vestir de color claro, y (ahora llega el momento de agarrarse los machos), no os lo perdáis, una camisa de seda de color verde oscuro. De seda verde, os lo juro. Y puedo aseguraros que, en aquella época, las camisas de seda de cualquier tono estaban consideradas como el summun de la elegancia, aunque a día de hoy a algunos les cueste creer algo así. No recuerdo bien quién me la regaló. Posiblemente fuera la misma Pilar. Lo que sí recuerdo es que una camisa de esas costaba por aquel entonces siete mil pesetas, más o menos.



Tomamos algo rápido en un bar situado cerca del hotel, y nos encaminamos, con un brillo de felicidad en la mirada, a lo que había motivado aquella salida de fin de semana.



“Sueños flamencos”, de Cristina Hoyos, se representaba la noche de aquel sábado en el teatro del Generalife. Atravesamos la Alhambra como no lo habíamos hecho nunca, de noche, iluminada, y sin ese enjambre de turistas que acostumbran a visitarla cada día. Las pisadas de los que tuvimos el privilegio de asistir al espectáculo, sobre la gravilla del camino que conduce de la Alhambra al Generalife, se escuchaban tranquilas, a ritmo lento, como degustando por anticipado el placer que nos esperaba.



Pilar caminaba cogida de mi brazo, recordando de vez en cuando los poemas de Lorca que le había leído por la tarde. Estaba contenta. Muy contenta. Ese es otro aspecto muy arraigado en la personalidad de Pilar, y los que la conocisteis bien sabréis de sobra de lo que hablo. Pilar se ponía contenta si la persona que estaba a su lado estaba contenta. Le bastaba con eso. Era a mí a quien le gustaba Cristina Hoyos, pero había sido ella la que había sacado las entradas y la que había organizado el viaje. Cuando me lo dijo, yo me llevé una gran alegría, pero ella se la llevó al verme a mí alegre. Así era Pilar. La he visto en innumerables ocasiones disfrutar con algo que nos gustaba a mí o a su hijo, o a una amiga, o a sus padres, tanto o más que si le gustara a ella.



Y comenzó el espectáculo. Bueno... Qué decir del espectáculo. Se trataba de Cristina Hoyos. Si algo siento muchas veces en la conciencia, y lo siento de verdad, es que todos esos que aplauden hoy a rabiar las tonterías de Joaquín Cortés o Sara Baras, van a pasar por la vida sin haber apreciado en lo que vale, por desconocimiento absoluto, el arte de bailarines tan grandes como Antonio Gades o Cristina Hoyos. Arte con mayúsculas, y dicho por alguien que no siente una especial predilección por el flamenco. Pero cristina Hoyos no es flamenco. Es algo más.



Al finalizar cada número, Pilar me miraba, entusiasmada ante lo que estaba viendo. Disfrutamos los dos como poseídos por el espíritu de Lorca, que se destilaba en cada uno de los movimientos de las manos de la bailaora. La noche, perfecta, el cielo, estrellado, el entorno, magnífico, el arte de Cristina, mágico. ¿Qué más se le podía pedir a una noche?. Que estábamos los dos juntos, viviendo un momento de emociones a flor de piel que duró dos largos días.



Después vinieron otras muchas noches en Granada, pero ninguna otra como aquella. De hecho, aquel fin de semana metió en mi cabeza la idea de comprar algo para institucionalizar los fines de semana en Granada, craso error por mi parte, como ya os relataré cuando llegue el momento.



Volvimos a Madrid como siempre, alegres por lo que habíamos vivido, tristes porque se había terminado, y un poco más unidos en esa trayectoria vital que habíamos decidido tener juntos.

domingo, 22 de noviembre de 2009

A modo de reflexión


Parece que se está convirtiendo en una especie de costumbre en este blog desconectar de vez en cuando del relato de nuestra vida juntos, parar un momento, y mirar desde arriba, por así decirlo. Esta es una de esas ocasiones. Tengo que explicaros algo relacionado con el hecho de seguir con esta historia, que seguramente no le importará a casi nadie, probablemente a nadie, exceptuando quizá a nosotros, su familia, a los parientes más cercanos, y a los amigos más allegados. ¿Cuáles son las razones que me empujan entonces a seguir con lo que probablemente sea el blog menos seguido de la historia de Internet?. Las razones son varias, y muy concretas. A pesar del dolor que me causa (que me causaba, más bien. Ese es otro aspecto que quería comentaros hoy) rebuscar en recuerdos y en fotografías, tienen más peso las razones para seguir, que las razones para dejar de hacerlo.

En primer lugar, y eso es algo que llevo metido dentro prácticamente desde que empecé a tener uso de razón, considero que toda vida humana, cualquiera que sea, merece la pena ser contada. No hay nada más importante en el mundo que los recuerdos, vivencias, emociones, historias, tragedias, creencias, principios, alegrías, tristezas y conocimientos, que se encierran en el interior de un cerebro humano. De cualquiera, digo, desde el más famoso de los mortales hasta el más insignificante peón, sea cual sea su lugar de nacimiento. Todo el mundo merece que sus vivencias sean contadas. ¿No os ocurre a vosotros que asistís embobados, después de las comidas familiares, a esa historia de su juventud que nos cuenta la abuela? Podrá relatar mejor o peor, con gracia o con una pesadez absoluta, pero siempre nos fascina lo que dice. ¿Porqué? Pues porque somos humanos, ni más ni menos, y nos alimentamos de las historias que nos cuentan otros seres humanos.

Por esa razón, Pilar no iba a ser menos. Tuvo una vida que merece ser contada, no sólo por su experiencia y su inteligencia, que las tenía, y a raudales, sino por lo fue capaz de aportarnos a todos los que tuvimos la inmensa suerte de conocerla. Tenía sus momentos malos, como todo el mundo, y sus manías, por supuesto, pero lo bueno oscurecía sobradamente lo malo. Ella misma decía que había que ver siempre la botella medio llena, y eso es lo que estamos haciendo ahora nosotros al recordarla.

Existe otra razón, probablemente tan poderosa o incluso más que esa especie de homenaje que creo que se merece Pilar, y es la de que su hijo la conozca un poco más el día de mañana. Sería absurdo por mi parte pretender que el día de mañana mi hijo se leyera este blog, pero si lo hiciera, creo que le serviría para hacerse una idea bastante exacta de lo que vivió esa persona que no sólo le trajo al mundo, sino que fue capaz de infundirle los valores que ahora tiene. No nos olvidemos de que Sergio perdió a su madre con catorce años recién cumplidos, una edad lo suficientemente adulta como para asimilar la pérdida, pero lo suficientemente infantil como para no entender demasiado bien lo que supone esa pérdida. Una edad difícil, complicada, en la que ya se empieza a pasar de los padres. Es posible que alguno de vosotros, en el futuro, le señale estas páginas como un modo de conocer mejor a la que fue su madre. Todos conocemos historias de nuestros padres, “batallitas” a las que no le prestamos mucha atención, entre otras razones porque nuestros padres (los míos y los de Pilar, me refiero) están ahí todavía, y estarán en la siguiente comida para contarnos las mismas cosas. ¿No creéis que sería bonito que alguien se encargara de recopilar, de recordar esas anécdotas, para leerlas cuando ellos no estuvieran? Eso es lo que estoy tratando de hacer con este blog. Plasmar esos veinte años en común antes de que la memoria me falle. Conozco al menos dos personas (mi hijo y yo mismo) a las que algún día les interesará todo esto, y solo por eso ya merece la pena seguir.

He notado que la mayor parte de las entradas se centran en viajes que hicimos Pilar y yo, ya sean más cortos o más largos. Resulta inevitable. El noventa por ciento de las fotografías que están despertando mis recuerdos proceden de viajes, como le ocurre a la mayoría de las personas. Nadie conserva muchas fotografías de su vida cotidiana, a menos que se haya comprado una cámara nueva y se dedique a perseguir a su mujer mientras hace unas lentejas o tiende la ropa. También tengo unas cuantas fotografías de esas, pero no muchas, ya que, cada vez que sucedía, a la tercera o cuarta fotografía me enviaba Pilar a freír espárragos. Es inevitable por tanto hacer muchas menciones a esas salidas que servían para acercarnos cada vez un poco más, para conocernos mejor a nosotros mismos. Es muy posible que a veces cambie incluso las fechas, o el orden de los viajes. Mi memoria no da para más, y a pesar de que en muchas de las fotografías adopté la sana costumbre de colocar la fecha, en otras muchas no lo hacía. No se puede hacer nada, es una pequeña tragedia, pero creo que lo importante es el recuerdo, la sensación de bienestar que nos embargaba cuando deshacíamos las maletas, y no la fecha exacta en que se produjo. Tampoco hay demasiadas dislexias en ese sentido, pero algunas sí que hay, os lo aseguro.

Y por fin viene para mí lo más importante, lo que de verdad me está empujando a retomar este blog cada vez con más ganas. Voy a intentar explicaros con palabras mi estado de ánimo. Con palabras, y con una buena imagen, que dicen que vale más que mil palabras.

Por favor, observad la fotografía de Pilar que encabeza esta entrada.

Sí, es ella. Esa era Pilar. Recuerdo perfectamente el día en que se la tomé. Fue en Salamanca, después de pasar una noche de ensueño en el parador. Una salida de fin de semana. Pilar estaba ese día radiante, feliz. Parece que fue ayer cuando subíamos la cuesta que nos conducía a la catedral. Caminaba deprisa, segura de “encontrar la rana” en la fachada de la Universidad. Esa era Pilar. Esa era la Pilar que me enamoró, la Pilar con la que, después de unos tres años de estar saliendo, había decidido compartir mi vida. Una Pilar también enamorada, que disfrutaba como una chiquilla de su relación conmigo. Éramos dos auténticos gansos, os lo aseguro. Creo que pocas veces se ha visto una pareja de tortolitos empalagosos en tantos lugares de España.

Me refiero a eso precisamente. Esa era Pilar. Con este blog estoy consiguiendo poco a poco que esa Pilar de verdad, la auténtica, la que todos habéis conocido, vaya recuperando su lugar en mi memoria, en vuestra memoria, supongo, desplazando a un rincón de nuestro cerebro cada vez más remoto a esa otra Pilar de los últimos meses.

Pilar sufrió, eso es algo que a estas alturas todos habréis asimilado. Los últimos meses fueron un calvario. La quimioterapia, unida a la hernia que le había quedado de la última operación, la pérdida de pelo, la pérdida de defensas, la convirtieron en otra Pilar, que nada tenía que ver con la Pilar alegre y voluntariosa que había sido durante toda su vida. Sinceramente, no me parece justo que se encaje en nuestra memoria esa última imagen de Pilar, y la única forma de conseguirlo, es observando fotografías como esa. Ya no me entristece buscar una fotografía para ilustrar una entrada. Todo lo contrario. Me sorprendo a mí mismo incluso riendo, recordando la gansada que dio lugar a alguna fotografías que por un cierto sentido del ridículo no me atrevo a colocaros, pero que para mí significan mucho. Pilar medio dormida con Sergio en brazos, en un restaurante con un trozo de pan saliéndole de la boca, con cara de terror ante un flashazo inesperado por mi parte... Cada vez que veo una de esas fotografías me viene a la mente esa Pilar, la auténtica, la que todos habéis conocido en uno u otro momento. Algunos ni siquiera tuvisteis el enorme privilegio de conocerla en aquella época (Jose, Loli), pero es posible que leyendo el blog y observando las imágenes, os podáis hacer una idea de quien era y como se bandeaba por la vida nuestra amiga Pilar.

El blog me está ayudando a superar la pérdida, porque supone un esfuerzo consciente recordar hechos, viajes o situaciones. Recuerdos que están borrando, por su fortaleza y su calidad, los tristes recuerdos del final. Ni más, ni menos. Así que lo siento, amigos y familiares, pero me parece que seguiré aburriéndoos con nuestras andanzas durante un rato largo. A mi ritmo. Qué se le va a hacer. Llevamos un montón de entradas y todavía no han pasado ni tres años desde que empezamos a salir.

Corremos el riesgo de haber creado un auténtico culebrón, pero creo que me estoy enganchando. Suele pasar.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Unas noches en Marrakech


Decididamente, y eso es algo de lo que me he dado cuenta al escribir este blog, probablemente 1990 fue el año en el que más viajes hicimos. Además de las innumerables salidas de fin de semana, hicimos el viaje a Mallorca que comentaba en el blog anterior, y otro importante viaje, allá por octubre o noviembre, a la fascinante Marrakech.

Sólo fueron cuatro días, pero muy intensos. Cuatro días de un puente, no recuerdo cuál, en el que a la mitad de los madrileños se les debió de ocurrir la misma día, porque al mismo tiempo que el nuestro, salieron para allá diez o doce aviones más.

Lo primero que nos impresionó fue el aeropuerto. Pequeño, rodeado de muros de color naranja, con una torre de control ridícula y una terminal que parecía incapaz de asimilar todos los aviones que estaba recibiendo. Los muros de color naranja son una constante en la ciudad, que se repiten en cualquier lugar, tanto en la zona antigua como en la moderna.

El hotel en que nos alojamos parecía de superlujo si lo comparábamos con otro español de la misma categoría. Tenía una piscina monumental, y una zona de palmeras encantadora. El asunto de las palmeras en una constante también en la ciudad. El palmeral de Marrakech, con seis mil hectáreas, es probablemente el más grande del mundo. ¿Cómo es posible que exista un palmeral tan grande en una zona semidesértica?. La leyenda dice que los soldados del fundador de la ciudad, que venían del desierto, se pararon a descansar en la zona y se pusieron a comer dátiles como descosidos. De los huesos que arrojaban nació el palmeral. Un origen probablemente falso, pero ciertamente muy poético.

Marrakech fue el único lugar al que viajamos en plan borrego, con un grupo de gente bastante poco informado del lugar que iba a visitar. Lo primero que nos dijo el guía fue que no diéramos dinero a los niños que, inevitablemente nos lo iban a pedir. Nada más bajar del autocar para visitar la Kutubiya, una impresionante torre del mismo arquitecto que construyó la Giralda de Sevilla (y se parecen mucho, eso es lo cierto), se acercó a nosotros un grupo. Una de las mujeres del grupo, probablemente sintiéndose asediada, y con la intención de quitárselos de encima, pasó completamente de las recomendaciones del guía, y le soltó a la chiquillería una buena cantidad de monedas. Para qué quiso más, la pobre. De todas partes surgieron chavales, que la rodearon como si se tratara de un enjambre de abejas. No fue capaz de quitárselas de encima. Hasta tal punto llegó su sufrimiento, que no volvió a salir del hotel en los cuatro días.

Aquel mismo día, el primero, tuvimos Pilar y yo el enorme privilegio de pasear por la plaza de los muertos, Djemma el FNa, un lugar increíble, famoso en el mundo entero por sus puestos callejeros, sus aguadores, sus contadores de historias, sus dentistas (sí, sus dentistas, que extraían muelas o colocaban dentaduras postizas en medio de la calle), sus encantadores de serpientes, sus ruidos, su música y sus olores. Nos caló profundamente la plaza. Resultaba todo un espectáculo contemplarla desde la terraza de un bar al que nos llevaron para tomar un té a la menta. Ese mismo día tuvimos también la oportunidad de visitar el hotel Mamounia, uno de los más prestigiosos del mundo.

El segundo día nos llevaron al valle del Lourika, un lugar que no parece en absoluto perteneciente a una ciudad tan conectada al cercano desierto. Riachuelos por todas partes, naranjos, y una vegetación abundante, parecían darse de patadas con el entorno. Recuerdo perfectamente que Pilar le dio un bolígrafo bic a un chaval que la abordó antes de subir al autocar para regresar al hotel, y que a continuación, el chaval pretendió venderle por ocho dírhams el mismo bolígrafo que le había regalado ella.

Aquella tarde nos aventuramos, como era nuestra costumbre cada vez que salíamos a algún lado, a pasear por nuestra cuenta. No nos atrevimos a ir a la plaza de los muertos, pero paseamos por la zona nueva de Marrakech, que en todos los aspectos, salvo en la vestimenta de sus habitantes, recordaba una ciudad europea, y no precisamente de las más descuidadas. Amplias avenidas, farolas cada veinte metros, casas de no más de tres plantas... Desembocamos en un mercado en el que se vendían todo tipo de frutas, especias, recuerdos... Resultaba imposible viajar a Marrakech y no comprar nada. Pequeños camellos de sándalo, que despedían un aroma que no se les ha ido con el paso de los años, cajas de madera de raíz de olivo, vasos, el inevitable puf de piel de camello, unas cuantas teteras, platos de “tajine” de barro, una gubia que imitaba plata... Todo tipo de cosas, que destacan con luz propia cuando las ves en la tienda correspondiente, y deslucen ostentosamente cuando, ya en Madrid, las colocas al lado de la fotografía de tu primera comunión o de la torre Eiffel dorada que compraste en París. Eso es lo que sucede siempre con las cosas que se compran en países exóticos. Que no pegan ni con moco con todo lo demás.

Pilar y yo disfrutábamos regateando. De hecho la mayoría de las cosas que compramos lo hicimos por el placer de regatear con el vendedor. Pasamos a una tienda de alfombras bereberes situada en el centro de una calle ancha, y Pilar se enamoró enseguida de dos alfombras, una roja que no sé que ha sido de ella, y una blanca que todavía conservo. El regateo se prolongó durante más de media hora. El vendedor era un tipo muy agradable, muy sonriente y de hablar lento y pausado. Hacia la mitad de la negociación nos ofreció un vaso de té a la menta. El caso es que salimos de allí cargados con las dos alfombras. Uno de los que viajaban con nosotros las vio, y nos preguntó cuánto nos habían costado. Al decirle el precio, abrió unos ojos como platos. Él había pagado más del triple por una alfombra bastante más pequeña que las nuestras. Como no se lo creía, le dijimos que si quería le llevábamos a nuestra tienda al día siguiente, y aceptó. Recuerdo que se ponía nervioso cuando nos veía a Pilar y a mi regateando con el vendedor con una paciencia infinita. Al final se llevó un par de alfombras por el mismo precio que habíamos pagado nosotros el día anterior. No se lo podía creer.
El tercer día hicimos la que probablemente haya sido la excursión más fascinante de nuestra vida. Atravesando el Atlas, llegamos a Ouarzazate, “la ciudad silenciosa”, situada en el inicio del desierto del Sahara. Resultaba increíble entre las nieves perpetuas de las montañas, y la aridez de la tierra que albergaba la ciudad. Visitamos dos kasbahs abandonadas impresionantes, con casas de adobe de varias plantas de altura. Aquel día disfrutamos como enanos del imponente paisaje y de las sugerentes tiendas y puestos callejeros que jalonaban la ruta, tanto en el Atlas como en la ciudad objeto de la excursión.

El último día, por fin, nos liamos la manta a la cabeza, y visitamos la plaza de los muertos por nuestra cuenta. Alquilamos los servicios de un guía local, que nos metió sin dudarlo en lo más profundo de la medina. Hubo un momento en el que nos asustamos, pero al final llegamos a la inevitable tienda de cazadoras de cuero objeto de los intereses de nuestro guía, y no pudimos evitar la tentación de comprar un par de cazadoras que permanecen olvidadas en oscuros rincones de los armarios de la casa del pueblo. Unas cazadoras que estuvieron desprendiendo durante una larga temporada un extraño olor, mezcla de cuero sin curtir y algún tinte más o menos hediondo.

Como colofón a tan fascinante viaje, acudimos la última noche a una cena en el palmeral. Pilar se vistió de berebere con una sugerente túnica negra y una diadema de colores. Mientras cenábamos, acuclillados sobre una mesa redonda, un gran número de grupos folclóricos marroquíes amenizaba el momento, con sus cantos y ese ritmo frenético que les acompaña siempre.

Un viaje inolvidable, sin duda. Creo que fue la vez que más nos costó a Pilar y a mi recuperar el ritmo de vida, una vez de vuelta a Madrid. Nos planteamos seriamente liarnos la manta a la cabeza, abandonar trabajo y familia, y establecernos en las inmediaciones de la plaza de los muertos.

Algo que nos sucedía cada vez que viajábamos, dicho sea de paso.

martes, 27 de octubre de 2009

Un verano en Mallorca


Se me amontonan en la memoria los viajes que hicimos Pilar y yo en aquella época. A pesar de que yo ganaba bastante menos que en la anterior empresa, nos permitimos el lujo en el 90 de marcarnos en verano una salida a Palma de Mallorca, allá por Octubre o Noviembre un viaje de cuatro días a Marrakesh, e innumerables salidas de fin de semana.


Nos encantaba viajar a los dos. Creo que esto es algo que ya ha quedado largamente demostrado en este blog. Yo trataba de ponerme a la altura de Pilar, que había viajado a lo largo de su vida infinitamente más que yo.


Pilar tenía una facilidad a veces irritante para hacer una bolsa o una maleta, acostumbrada como estaba a ello. Cuando me veía a mí colocar las zapatillas de deporte malolientes al lado del pijama, sin protegerlas siquiera con una bolsa, me echaba una mirada profunda, y me decía “¿Se puede saber qué estás haciendo?”. Yo me echaba a temblar, y me ponía completamente en sus manos. Aguantaba estoicamente el chaparrón de comentarios del tipo “pero qué desastre eres”, “parece mentira que seas tan listo”, “es que hay que ver que Adán, Dios mío”, y otras lindezas que merecía la pena aguantar por el resultado final, que consistía en una bolsa o maleta perfectamente ordenadas.


Es difícil explicar la alegría que sentía Pilar mientras organizaba un viaje. Yo me ponía completamente en sus manos a la hora de contratar, de reservar, de organizar vuelos, hoteles y traslados de un lado a otro. Ha veces he pensado que ella disfrutaba más con la logística del viaje que con su contenido. Lo teníamos perfectamente organizado. Ella mandaba desde casa hasta el destino, se encargaba de billetes de avión, de bonos de hoteles y de todo lo demás. Una vez en el destino correspondiente, era yo el que entraba en acción. Sacaba mi plano, o mi guía de viaje, y a recorrer el lugar, con la intención de visitar el mayor número de cosas posible. Era entonces Pilar la que se relajaba y se dejaba llevar, segura siempre (eso es algo que adquirimos a fuerza de salir) de que, teniendo un plano, por miserable que fuera, nunca nos íbamos a perder en ningún lugar.


Lo curioso es que estábamos siempre perfectamente seguros el uno del otro. Ni yo intervenía en los tejemanejes de Pilar con las agencias, ni ella se metía en mi terreno a la hora de preparar la ruta. Confiábamos plenamente el uno en el otro. Cuando algo salía mal, siempre resultaba gratificante poder culpar a alguien concreto. “Pero Pilar, si no te han dado las tarjetas de embarque”, o “Vale, Félix, resulta que hoy está cerrado el museo Rodin”. Nos echábamos los trastos durante un rato, y luego seguíamos, como si no hubiera pasado nada, sin permitir jamás que un pequeño contratiempo nos hiciera mella durante más de un minuto. Tendría que rebuscar muy en el fondo de la memoria para recordar algún momento negativo mientras viajábamos. Cierto es también que tanto Pilar como yo tendíamos siempre a correr un tupido velo (un estúpido velo, decía ella) sobre cualquier aspecto negativo, tanto de los viajes como de cualquier otra situación de nuestra vida, y eso nos ayudaba siempre no sólo a disfrutar de lo que hacíamos, sino de desear con todas nuestras ganas volver a repetirlo.


El viaje a Mallorca supuso un antes y un después en nuestras salidas. Fue la primera vez que alquilamos un coche, que nos brindó la oportunidad de recorrer la isla en toda su extensión. Nos planteamos cuatro días de turismo, y tres de descanso y disfrute del hotel y la playa cercana al mismo. Nos sobró tiempo para recorrer Valldemosa, Inca, Palma de Mallorca, Formentor, la Calobra, Manacor y la maravillosa playa de Es Trenc, para nuestro gusto la mejor que habíamos visto en nuestra vida, con los pinos a cuatro metros del agua y la arena blanca.


En Valldemosa disfrutamos como enanos del ambiente creado en torno a la aventura que vivió Chopin en su famosa cartuja. Resultó ciertamente curioso el concierto que nos ofreció un elegante estudiante de piano, que tocaba como los ángeles. Mientras él estaba vestido con su traje y su corbata, los oyentes nos distribuíamos en los bancos con nuestros bañadores y nuestras chanclas, y algunos incluso con el torso al aire o, lo que era peor, con esa inevitable camisa azulona anudada a la altura del ombligo. Al joven no le importaba en absoluto la calidad del público que le escuchaba. Tocaba para él, y cerraba los ojos para sentir más profundamente la inmortal música del compositor.


Siempre me ha hecho gracia, y así se lo comenté a Pilar, el afán que te ponen en todos los lugares de Mallorca por venderte el libro “Un invierno en Mallorca”, escrito por George Sand, que evoca su estancia en Valldemosa con su amante, el mismo Chopin. Y me hace gracia porque en el libro la Sand se despacha a gusto contra unos mallorquines a los que considera (y seguramente lo eran) palurdos, ancestrales, cerrados, mojigatos e intransigentes con una mujer a la que consideraban poco menos que una puta, por el hecho de vivir con su amante y con dos hijos de un matrimonio anterior. No importa que Sand ponga a parir a los mallorquines. Ellos te seguirán ofreciendo el libro con una sonrisa en los labios.


El tercer día en Mallorca permanece en mi memoria como si hubiera sucedido ayer mismo. Después de comer en un restaurante cercano a Inca, nos fuimos a Deiá, ese precioso pueblo que han escogido muchos artistas para vivir. Nos encantó hasta el punto de decidir comprar una casa allí. Era la primera de miles de decisiones iguales que tomamos otras muchas veces, cada vez que visitábamos un lugar que nos impresionara por su belleza. Nos ocurrió lo mismo en el Trastévere, en Marrakesh, en Londres, en Carcasona, en Munich, en Rotenburg, y en todos los pueblos que recorre el Loira. Una decisión que nos ilusionaba durante una temporada, hasta que viajábamos al siguiente lugar, y cambiábamos de idea.


Después de Deiá, emprendimos el camino a la Calobra, por una infernal carretera famosa en el mundo entero por sus curvas. Pues bien, amigos, puedo prometer y prometo, que Pilar se durmió en el coche, a pesar de lo accidentado del camino. ¡Era increíble!. De vez en cuando la miraba, y la mujer colgaba del cinturón de seguridad, dormida como un leño, sin enterarse ni de las curvas ni de los baches. Nos bañamos en la Calobra, y después fuimos a Manacor. Recuerdo perfectamente que Pilar llevaba un pantalón blanco muy corto, y una camisola azul que le quedaba, salvando las distancias, como un baby de los que nos colocaban en el colegio cuando éramos pequeños. No sé que le ocurrió a Pilar aquella tarde, si fue efecto de la sangría que nos habíamos tomado al mediodía, o del sueño reparador que se había echado camino de la Calobra, pero el caso es que estaba desbocada. Se reía por todo, colocaba el programa que nos habían dado en la inevitable fábrica de perlas cultivadas a modo de altavoz, y soltaba de repente un “tururú tururú” que hacía que los turistas nos miraran, se ponía a bailar en lo alto de una valla de la entrada... Tenía el pelo como siempre se le quedaba cuando pasaba más de tres días en una zona húmeda, rizado y abundante, como una chiquilla. El caso es que seguimos haciendo el ganso durante toda la tarde, especialmente ella, y nos lo pasamos fenomenal. Compramos un par de figuras de cristal, alguna perla para las madres... lo típico, pero con un toque de gamberrismo que pocas veces le volví a ver. No parecía ella, pero se lo pasaba en bomba.


Sólo he vuelto a ver en otra ocasión una actitud parecida, muy parecida, procedente no de ella, sino de nuestro hijo. Ocurrió después de la comida de su primera comunión. Sergio, tan serio como siempre ha sido, empezó de repente a hacer gansadas, sin parar, contento, partiéndose de risa y haciéndonos partirnos de risa a toda la familia, abuelos, tíos y primos incluidos, con un repertorio que merece sin duda una futura entrada en este blog. En aquel momento, no pude evitar pensar en aquella famosa tarde en Palma de Mallorca. Sergio era el alter ego exacto de aquella Pilar que se reía sin poder parar.


Sangre de su sangre, no cabe ninguna duda.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Ha pasado un año


Pues sí. Un año nada menos. El pasado 29 de septiembre, para ser más exactos. El día fue triste, de eso no cabe duda. Recibí varias llamadas de familiares y amigos. Todos lo recordamos como si fuera ayer. Sin embargo, volviendo la mirada atrás, creo que lo vamos superando, de una manera o de otra. La prueba es que ahora hablamos de ella todos sin complejos. A Sergio le digo muchas veces "¿Te acuerdas cuando mamá decía?. El dolor está cediendo su lugar al recuerdo, cada vez más vivo y más entrañable que cuando falleció Pilar. Ya puedo ver videos en los que salía ella, fotografías recientes, etc. Retomo el blog después del paréntesis del verano.


“Durante la adolescencia se forma el carácter de la persona”, “a partir de una cierta edad, la gente ya no cambia”... Son frases que hemos escuchado todos alguna vez, y que la mayoría de las veces hemos dado por ciertas, por dogmas de fe, de esos de los que ni siquiera nos planteamos su validez, porque consideramos que son ciertos.

Las personas, cambian. Ya lo creo que cambian. Yo, sin ir más lejos, he cambiado profundamente de dos años a esta parte, y tengo nada menos que cuarenta y ocho años, así que, o el dogma de fe no es del todo cierto, o no es del todo cierto para según qué casos, o yo soy un tío raro, cosa que a estas alturas de la película me costaría asimilar, porque siempre me he considerado una persona más o menos equilibrada y bastante normalita.

¿Por qué soy consciente de mi cambio, si es que se ha producido alguno?. Elizabeth Kubler-Ross lo define muy bien en su libro “sobre el duelo y el dolor”, uno de esos libros que deseo que jamás tengáis que leer, pero que os recomiendo encarecidamente en el caso de que os veáis inmersos alguna vez en una situación tan dolorosa como la mía. La autora habla del cambio que se produce en las personas que han sufrido la pérdida de un ser querido. De repente, los problemas de los demás les parecen una tontería comparados con el que el afectado por la pérdida tiene encima. La muerte de un ser querido no es sólo eso, una pérdida terrible, sino un encontronazo brutal, directo, y al estómago, con la certeza de que todos tenemos que morir. Esa frase, dicha así, no le dirá nada al que no ha sufrido una situación como esa. Una situación que nos toca de refilón cuando la muerte que se produce es la de algún pariente cercano, que nos puede causar mucho dolor, pero que no nos afecta tanto como la de nuestro cónyuge, la de la persona con la que habías decidido compartir el resto de la vida.

Las cosas se ven de otra manera cuando adquieres la conciencia de que algún día, más tarde o más temprano, te vas a reunir con esa persona a la que has querido tanto. Todos nos creemos en cierto modo inmortales. Cuando escuchamos en la radio las estadísticas de los accidentes de coche, de los afectados por enfermedades contagiosas, o de los damnificados por una catástrofe natural, en el fondo de nuestra alma estamos convencidos de que eso no va con nosotros, de que vamos a durar para siempre. Pues bien, amigos, ante la perdida de Pilar, ese convencimiento se desvanece, y he tomado conciencia de que cualquier día me puede ocurrir a mí. Es duro asimilarlo, muy duro, y no estoy muy seguro de que sea capaz de poderos explicar esa sensación de la que os hablo, pero lo que sí os puedo asegurar es que la escala de problemas, o más bien de lo que consideramos problemas, sufre un cambio radical. Muchas cosas que antes se me hacían cuesta arriba me parecen auténticas tonterías hoy en día.

Esta actitud puede crear fisuras en nuestras relaciones con los demás, procedentes del hecho de que, cuando alguien me cuenta un problema (o un hipotético problema, la mayoría de las veces), puedo tender, aunque sea de manera no premeditada, a no darle la importancia que debería darle para que el otro perciba que me preocupa el asunto. Es complicado de explicar. La verdad es que casi nunca, incluso en vida de Pilar, he tenido una mínima conciencia de lo que puede resultar un problema, más que nada porque más o menos se me han ido solucionando todos, pero es que ahora, después de la tragedia vivida, y de la situación a la que de repente nos hemos visto abocados mi hijo y yo, cualquier otra cosa me parece de poca importancia, y lo peor es que en muchas ocasiones no puedo disimularlo, o me cuesta mucho. A cualquier cosa que se me plantea, tengo la puñetera costumbre de pensar, sin poder evitarlo, “por lo menos está vivo”, que, aunque a la mayoría de nosotros no nos lo parezca, porque nos consideramos inmortales, es lo más importante, os lo puedo asegurar.

Escucho a mi alrededor discusiones de pareja, normalmente entre los miembros de mi familia o entre parejas de amigo. Son discusiones al aire, soltadas para que los que las escuchan le den la razón a uno o a otro. Siempre me ha hecho cierta gracia esa necesidad que tenemos de que personas de nuestro entorno nos den la razón. ¿No os parece realmente un poco absurdo?. El primero que le tiene que dar la razón a uno es uno mismo, y no creo que haya que buscar el beneplácito de los demás, sobre todo cuando a los demás les ponemos en la tesitura de tener que elegir entre uno de los dos miembros de la pareja. No importa de lo que se hable. Cualquier argumento, por peregrino que sea, puede justificarse con palabras (hasta el nazismo más intransigente se justificaba a los ojos del pueblo con argumentos). Partiendo de esa base, todo lo que una pareja se eche a la cara no es más que una sarta de reproches, que no irán a ningún lugar salvo que se dejen de emitir. Cuando se llega a los silencios entre una pareja, es peligroso, cuando se discute, no, siempre que exista, por supuesto, un respeto entre uno y otro. Los silencios entre parejas son tan peligrosos como los insultos o las humillaciones. Cuando se llega a este punto, significa que la relación entre la pareja está muerta. Viene entonces el divorcio, en unos casos, o el maltrato en otros, si es que uno de los dos miembros de la pareja no tiene la suficiente fortaleza como para acabar de raíz con la relación. Pero incluso cuando se llega a este punto, siempre existe una posibilidad de vuelta atrás. Existe una esperanza de que uno de los dos cambie, y se dé cuenta de la imbecilidad que ha hecho dejando de lado a una pareja tan magnífica como la que tenía.

No sabemos mirar desde arriba, y eso nos lleva muchas veces a callejones sin salida en los que no hacemos otra cosa que darnos de cabezazos, sin ser capaces de encontrar una solución. Parecemos ratones de experimento, en un laberinto de pasillos que no conducen a ningún lugar. Eso es algo que más o menos estoy empezando a aprender en estos dos últimos dos años. Me sitúo en un punto ligeramente por encima del problema, y veo su tamaño, y su importancia, que la mayoría de las veces es ridícula. Otras veces pienso en ella, y pregunto “¿qué hacemos, Pilar?”. Siempre me acuerdo entonces de esos “bah, no pasa nada”, que Pilar soltaba con esa fortaleza suya ante cualquier obstáculo que se nos pusiera por delante. Ha sido un lujo compartir esa soberbia filosofía de vida, os lo aseguro. Una vez que me imagino a Pilar con ese optimismo que la caracterizaba, esa sonrisa ante todo, el problema desaparece, o al menos yo lo veo de otra manera. Estoy aprendiendo también a no crearme problemas, algo a lo que también están acostumbradas muchas parejas. Son capaces de crearse problemas por una actitud del otro. Nos molesta mucho que el otro esté tumbado en el sofá mientras nosotros planchamos, por ejemplo. No nos damos cuenta de que el otro también se lo ha currado, o de que es posible de que haya tenido un mal día en el trabajo, y nos lo oculte para que no nos deprimamos. Ante una situación así, tal vez lo sensato sea preguntar “¿te pasa algo?”, y ceder un poco ante su cansancio.
Ha pasado un año.

viernes, 19 de junio de 2009

El champán francés de etiqueta naranja


Desde el verano de 1989 hasta el verano de 1990 se produce una especie de vacío en mi memoria. Recuerdo que las cosas seguían su curso, que nuestra relación funcionaba a las mil maravillas, que por aquel entonces yo me estaba dejando la piel en otra empresa diferente, ganando menos dinero pero mucho más tranquilo, que estaba haciendo unos bloques de viviendas y unos chalets en el sector 1 de Leganés, y que por aquel entonces tuvimos la gran suerte de conocer a una auténtica bellísima persona, un aparejador que llevaba la dirección facultativa de la obra en la que yo estaba, y que se llamaba David Muñoz. Gran persona, gran profesional, y sobre todo una persona con un carácter encantador, conciliador, tolerante y de una gran bondad. Lo que al principio era únicamente una relación laboral, se convirtió con el paso del tiempo en una profunda amistad, que tanto Pilar como yo tuvimos el honor de mantener con David, con su mujer, Ana, y con la prima de Ana, Rubi, que vivía con ellos. Una relación muy especial de amistad y cariño. A partir de 1991, fecha en la que volví a cambiar de empresa para realizar unas viviendas en Aranjuez, comenzamos a salir asiduamente con ellos, y la verdad es que siempre mantuvimos una relación muy agradable. Hablaré de esa relación cuando llegue el momento, porque en esa época le conocí, pero la amistad llegó más tarde.

Creo que fue un fin de semana de otoño del 89, o puede que del 90, cuando Pilar y yo nos liamos la manta a la cabeza, compramos un par de botellas de champán francés (veuve clicquot, o algo así. El de la etiqueta naranja. No se me olvidará en toda mi vida), unas delicatessen (quichés, canapés de diseño y pastelitos), y nos montamos una escapada al corazón de la Sierra de Gredos, nada menos que al parador. Recuerdo que Angel Boyo, un aparejador compañero de David en las obras de Leganés, que al parecer conocía perfectamente la zona, empezó a darme folletos y a explicarme la forma de llegar a los distintos picos de tan prestigioso lugar. Yo le dejé hablar un buen rato, pero como veía que se iba entusiasmando, pensando probablemente que en vez de un fin de semana, me iba a la Sierra de Gredos para todo un año, no me quedó más remedio que colocarle una mano amistosa en el hombro, y decirle “mira, Angel, no te molestes, que voy un par de días, y ni siquiera pienso salir del Parador”. “¿Ni siquiera vas a ver el pico de nosequé?”. “Bueno, si nos da tiempo, a lo mejor. Ya veremos”. La verdad es que el día que llegamos nos dimos un paseo por la tarde, a no más de quinientos metros por los alrededores del Parador, y nos sumergimos de lleno en el encanto de un edificio, uno de los pocos que he visto, en los que la entrada y la recepción son la zona más alta del lugar. Para acceder a las habitaciones había que bajar por el ascensor, no subir, debido a que el Parador, el primero que se construyó en España (el primero que se construyó como Parador, porque esa cadena ha adaptado casi siempre edificios mucho más antiguos, como castillos, hospitales, etc). Después del paseo, Pilar y yo caracoleamos durante cerca de una hora por los pasillos y los amplios salones, a continuación nos metimos en la habitación, y nos cogimos una media toña con el champán que nos duró hasta el día siguiente. Uno de los mejores fines de semana que hemos pasado juntos.

Nunca he visto a Pilar perjudicada por el alcohol, pero sí es cierto que, en cuanto bebía un poco de más, se le ponían unos coloretes tremendos, “le subía el pavo”, como ella misma decía, y empezaba a soltar risas y chascarrillos sin parar, hasta el punto en que a veces, de tanto reírse, empezaba a toser. Los ojos le brillaban un montón, y hablaba como canturreando. De ahí no pasaba. Llegaba un punto, al contrario que la mayor parte de la gente, en el que estaba alegre, pero siempre controlando la situación. En mi caso no era así. A veces (las escasas veces que hemos bebido, que en veinte años habrán sido tres o cuatro) yo me pasaba un poco, y ella me lo recriminaba. Cuando me miraba con ojos penetrantes y me decía “ya vale, ¿no?”, me echaba a temblar y sentía tentaciones de cuadrarme y saludar a estilo militar. En aquella ocasión bebimos los dos al unísono, encerrados en una habitación de un hotel, en un entorno privilegiado, y éramos la pareja más feliz del mundo. Los de la habitación de al lado debieron quejarse, porque nos dieron un toque en la puerta. Después de comernos las delicatessen convenientemente regadas, nos reíamos igual, pero en sordina. Al día siguiente nos levantamos tarde, con una cierta pero muy llevadera resaca, desayunamos como bestias, y por aquello de conocer un poco el entorno, nos dimos una vuelta por la Sierra de Gredos antes de volver a Madrid.

La Navidad transcurrió de forma muy parecida a la del año anterior. Por aquel entonces, las fiestas principales las pasábamos cada uno en su casa, y solo quedábamos la tarde de Navidad, la Noche de Fin de año y la tarde de Año Nuevo, aparte, por supuesto, de las consabidas salidas al centro para comprar los regalitos de toda la familia, comernos un bacalaíto o una croquetas en Casa Labra, y entrar a veces al cine Imperial a ver alguna película de Walt Disney, por aquello de mantener una tradición de la que los dos habíamos disfrutado en nuestra más tierna infancia. La familia estaba bien, mi padre había adelgazado mucho ante el susto que le había dado el corazón a principios de año, y todo transcurría con mucha normalidad. Alternábamos nuestras salidas con amigos recuperados míos y suyos (Juan Antonio y Maise, Maricarmen y Emilio, Montse y Javier, Luis y Feli, etc), y pasábamos sobre todo mucho tiempo solos. El hecho de trabajar en Leganés me dejaba baldado cada día, sobre todo porque llegaba a casa a las tantas, y aunque algunos días entre semana hacíamos por vernos, lo cierto es que el plato fuerte llegaba el fin de la semana.

En el transcurso de ese año, precisamente antes de pasar el fin de semana en el Parador de Gredos, no me quedó más remedio que cambiar mi machacado Peugeot 205 rojo de toda la vida, por un flamante Fiat Tempra, mucho más grande y señorial, aunque todavía sin aire acondicionado, sin elevalunas eléctrico, y sin todas esas chorradas a las que nos hemos ido acostumbrando con el paso de los años. Me ayudó a tomar la decisión el hecho de que un día, yendo a la obra de Leganés, escuché un ruido tremendo que procedía del motor. Me quedé tirado, y al llevarlo al taller, me dijeron que se le había roto una biela. Una avería bastante grande, que tardaron casi una semana en reparar. El Fiat Tempra estaba de oferta, y después de enseñarle a Pilar unos cuantos catálogos que la dejaron deslumbrada, me lo compré en un concesionario de Alcorcón. Recuerdo el olor a nuevo que tenía, que le duró un par de semanas, y que Pilar me prohibió fumar en su interior. Lo poco que fumaba, porque mi padre estaba en plena campaña antitabaco con toda la familia, y poco a poco fuimos dejando de fumar todos. El caso es que me embarqué en el gasto del coche sin tener un duro, porque en la nueva empresa ganaba menos que en la que había estado antes. No nos importaba. Seguíamos siendo más felices que lombrices.

Siempre ha sido así, por otro lado.

viernes, 12 de junio de 2009

Una semana en Salou


Se trataba de nuestra primera salida juntos. Nada menos que toda una semana en Salou, en plena zona de playa mediterránea, en pleno mes de Julio, y en plena efervescencia de nuestra relación.

Partimos de Madrid por la mañana, en un desvencijado autocar, de los que ya no existen ni en los desguaces. Los asientos parecían de piedra, la suspensión estaba suspendida (no existía, vaya), y el aire acondicionado consistía en unos chismes de plástico pegados en el techo del maletero, que ni siquiera se movían ni, por supuesto, echaban aire. Alguien los había puesto ahí para disimular, supongo, como esos aseos químicos de los que disponen todos los autobuses modernos y que, por circunstancias que todavía desconozco, jamás funcionan. Eran otros tiempos. A Pilar y a mi no nos importaban lo más mínimo las incomodidades. Con tenernos el uno al otro nos bastaba y nos sobraba. Nos pasamos prácticamente todo el viaje haciendo planes para el resto de la semana, elucubrando sobre lo divertido que iba a ser Salou, y sobre lo bien que nos lo íbamos a pasar.

Después de unas catorce horas de viaje (serían bastantes menos, pero a nosotros nos parecieron catorce), y de un par de paradas en el camino para comer y para extirar las piernas, llegamos por fin a Salou a media tarde. Tras atravesar toda la zona centro de tan afamado lugar de veraneo, con sus guardias, sus coches, sus familias con sombrilla, sus atascos, sus puestos de churros y sus veraneantes con camiseta anudada a la panza, el autocar nos dejó en un hotel de la zona norte, ni muy alejado ni muy cercano al centro neurálgico, pero, eso sí, bastante cercano a la playa.

Eramos jóvenes, teníamos cara de tortolitos, supongo, y por eso nos pasó lo que nos tenía que pasar. La picaresca española no tiene límites, y los sinvergüenzas tampoco. Después de ir acomodando a todos los pasajeros del autocar (creo recordar que todos habíamos sacado los billetes en la misma agencia) por orden de edades, de más maduros a más jóvenes, nos tocó el turno a la última pareja, más o menos de nuestra edad, y a nosotros. Yo ya llevaba bastante rato, mientras esperábamos, cansados y sentados sobre nuestras maletas, escuchando ruidos de taladradoras, tronzadoras, sierras eléctricas y hasta martillos neumáticos, que parecían proceder de otro ala del hotel que estaba en obras. Pilar, que para esas cosas siempre ha sido muy larga, también se dio cuenta rápido. “Aquí están de obras”, me dijo. El caso es que el recepcionista, un hombre de pelo engominado, traje gris y más labia que el presidente de una tómbola, nos reunió a los cuatro, y sin cortarse un pelo, nos dijo que en la zona que no estaba en obras solo quedaba una habitación, que la otra habitación estaba en plena zona de escombro, ladrillos y cemento, y que no nos quedaba otro remedio que sortear entre nosotros a ver quien se quedaba con la joya de la corona, la habitación de la zona libre de vándalos. El chico de la otra pareja nos miró con ojos de cordero, y dijo que vale, que venga, que sorteo. Pilar y yo nos miramos, con ese gesto que entre nosotros siempre ha significado que “y unos cojones”, y sin intercambiar ningún comentario, nos dirigimos directamente al recepcionista. “Mira -le dije, con un tono de voz muy bajo, para que no nos oyera la otra pareja, pero muy firme. Un tono que siempre nos ha dado buenos resultados, tanto a Pilar como a mi-, si pretendes alquilarnos, tanto a la otra pareja como a nosotros, una habitación en una zona de obras, ahora mismo nos vamos los cuatro a consumo, después de pasar por comisaría, y te metemos una denuncia que te cierran el chiringuito en media hora. ¿Es que tú no sabes que alquilar una habitación en una zona de obras es absolutamente ilegal?”. Ni que decir tiene que yo no tenía ni puñetera idea de si eso era ilegal o no, aunque supongo que sí que lo era, pero el caso es que a aquel buen hombre “se le mudó la color”, como dicen en los pueblos. Se puso blanco, miró otra vez un cuaderno, o cualquier otra cosa que tuviera en el mostrador (Pilar me comentó luego, partida de risa, que lo que había mirado era un teleprograma), y al instante nos dijo “perdonadme, pero había mirado mal. Quedan dos habitaciones en esta zona”. La otra pareja se deshacía en agradecimientos, porque a pesar de mi intento de discreción, habían escuchado mi perorata. Durante toda la semana, cada vez que nos los encontrábamos en algún lugar (Salou es muy pequeño, o lo era antes, quiero decir), nos agradecían de nuevo lo que habíamos hecho por ellos, permitiéndoles dormir en una habitación en condiciones.

En Salou me sucedió con Pilar algo que se ha repetido en muchas ocasiones a lo largo de nuestra aventura juntos. El hecho de que ella había viajado una barbaridad antes de conocerme a mí, no solo por España, sino por innumerables lugares de Europa, le permitía dárselas de conocedora. Por supuesto, conocía Salou, de un viaje que había hecho de pequeña con sus padres. La primera noche me cogió del brazo, y encaminó nuestros pasos hacia la zona centro. “Vamos por aquí, a ver si vemos las fuentes de colores”. Sus recuerdos eran difusos, según ella misma decía, pero la muy puñetera dio a la primera con las famosas fuentes de Salou que cambian de color mediante un sofisticado sistema de luces. El contrapunto a aquella noche, como a casi todas, lo pusieron los dos enormes helados, tipo king size, que nos metimos entre pecho y espalda sin encomendarnos a nadie.

Durante el día nos tumbábamos como lagartos en la playa, a vaguear y a bañarnos de vez en cuando. Estábamos a tuti plain, como los aristócratas, alquilando una sombrilla de paja del tamaño de la carpa del circo del Sol, y dos tumbonas de plástico para hacer lo que su propio nombre indica, es decir, tumbarnos. El primer día, como suele sucedernos a los urbanitas, Pilar se pasó un poco de sol, y se puso roja como un tomate, aunque sin llegar a quemarse. El color de su piel adquirió, curiosamente, el mismo color enrojecido que tenía el biquini que llevaba, por lo que, cuando la miraba con los ojos entornados, parecía que estaba en pelotas. Por suerte, ni la sangre llegó al río, ni el sol era tan dañino como ahora, con lo que con unas cuantas manos de cremita, la cosa no fue a más, y al día siguiente volvimos a disfrutar del solecito, aunque con moderación.

Por la noche, después de cenar, nos dedicábamos a brujulear por la ciudad. Siempre nos ha gustado bucear en todo tipo de tiendas. Pilar se reía cuando yo le decía que un sitio de playa sin tienda de flotadores, cubos para la arena, y patitos de goma, no era un sitio de playa, y Salou, en ese sentido, no solo cumple, sino que desborda todas las previsiones. Hay, y había, tiendas de todo tipo. De ropa, de adornos, de chismes electrónicos de imposible clasificación, de horteradas de las que les gustan a los guiris, de recuerdos hechos con conchas, con alfileres para la ropa, o con cáscaras de mejillones pintadas, de cinturones de cuero, de bolsos, de zapatos (a Pilar le brillaban los ojos cada vez que veía una tienda de bolsos o de zapatos), de “guarreridas”... Todo un universo para el consumidor compulsivo-

En una ocasión nos metimos en una especie de atracción que era la primera vez que llegaba a España. Hoy en día está más que superada, pero por aquel entonces era toda una novedad. Se trataba de la versión “Saloureña” (no tengo ni idea de cual es el topónimo) del pasaje del terror, en el que se hace un recorrido por diferentes salas en las que hay actores que representan famosas escenas del cine de terror de todos los tiempos. Lo cierto es que nos impresionó, sobre todo cuando la actriz que hacía de la niña del exorcista, que tenía una mirada de loca que no podía con ella, se levantó de la cama, se puso al lado de Pilar y mío, que éramos los últimos del grupo, y empezó a insultarnos en voz baja, diciéndonos “cabrones, que yo estoy muy mal, que os mato de verdad, que tengo un cuchillo (y se señalaba la pechera), y aquí nadie se entera, hijos de puta...”. Al llegar a la siguiente sala, la buena mujer se dio la vuelta y volvió a la cama, a esperar al siguiente grupo.

Jamás sabré si aquella mujer estaba loca de verdad, o era una actriz de los pies a la cabeza, pero el caso es que me cuesta recordar otro momento de nuestra vida en el que hayamos pasado más miedo.

jueves, 28 de mayo de 2009

Noches de bohemia y de calor




Recuerdo con especial cariño aquel verano del 89, principalmente por dos razones: la primera, que Pilar vino por primera vez a la playa en la que yo había pasado prácticamente todos los veranos desde 1974 (se dice pronto. Desde los doce años. Toda una vida), y la segunda, que hicimos nuestro primer viaje juntos, cuatro días enteros a Salou.





El verano de aquel año se presentaba tranquilo. Mi padre se había recuperado totalmente del infarto. Había adelgazado sensiblemente, ya no fumaba, ni permitía que fumáramos los demás (creo que por aquel entonces todavía era tolerante, pero lo que desde luego no admitía era que se fumara en su presencia). Estaba tranquilo y contento, sabedor de que todos estábamos pendientes de él en todo momento, dispuestos a satisfacer sus caprichos, por mínimos que estos fueran. Mis padres fueron a la playa como siempre, al principio del verano, con mi hermano, que todavía estaba estudiando, y mi hermana, que iba los fines de semana. Yo aparecí con Pilar a mediados de Julio o Agosto, en la única semana que habíamos podido coincidir en vacaciones.





Resulta curioso, y a veces complicado, presentarle la chica con la que estás saliendo a un grupo de amigos que me conocía prácticamente desde que llevaba pantalones cortos. Se producen en estas ocasiones situaciones ligeramente absurdas, como así sucedió también en nuestro caso. El típico amigo de toda la vida, que supone tener derecho de pernada, o algo así, sobre tu criterio, se permite dar su opinión. Para él, Pilar es una completa desconocida, y supone que para mí también lo es. Se permite el lujo de enumerarte las chicas con las que habrías podido salir, y que al parecer no lo has hecho poco menos que porque no te ha dado la gana. Te echa en cara que fulanita o menganita estaba por tus huesitos, y tú no la hiciste caso. Y te cuenta todo eso en el transcurso de una eterna noche, medio empapada en alcohol, cuando Pilar ha decidido irse a dormir porque estaba cansadísima, y además en la playa le pega un bajonazo de tensión que le provoca un estado de somnolencia casi permanente. Supongo que ese amigo se hubiera quedado muy contento si, en un arrebato de lucidez, yo hubiera manifestado a gritos “tienes toda la razón, no sé como he podido echarme novia sin llamarte antes para pedirte tu aprobación. Ahora mismo subo a casa, la despierto, rompo con ella, y me enrollo con fulanita”. De lo que no se daba cuenta mi improvisado mentor, era de que la tal fulanita había pasado de mí como de la mierda en un determinado momento de nuestra vida, de que no me interesaban sus opiniones baratas, y de que estaba tan enamorado de Pilar que no me apetecía otra cosa que estar con ella. De eso me dí cuenta al día siguiente, después de aquella noche triste en la que comprobé que lo que realmente le pasaba a mi amigo de toda la vida, era que estaba ligeramente molesto porque yo me había echado novia y él no.





No todo el mundo en la playa le resultaba desconocido a Pilar. Por esas casualidades de la vida, había pasado una semana varios años antes en Gandía, en compañía de Montse y su hermana Nieves, que eran tan habituales en la playa como pudiera serlo yo. Eso la ayudó bastante a hacer rápidamente migas con una parte de la gente. No obstante, no fue una semana lo que se dice perfecta, por lo que ya he contado antes. Resultaba complicado, incluso a mí, mezclar a personas de toda la vida con la persona con la que había decidido compartir mi vida en el futuro. Cumplimos fielmente con todas las etapas de lo que supone pasar unos cuantos días en la playa. Mañana tumbados al sol, rebozados en arena y con carreras esporádicas al agua, tardes de siesta o de lectura, y noches de salida a Gandía, cine de verano con el bocata en la mano, o discoteca. En aquellos tiempos destacaba por la zona una macrodiscoteca que se llamaba Hexágono, digna predecesora de todo el maremágnun bacaladero que se expandió años más tarde por toda la zona de la costa. Hexágono era un universo de música a todo trapo, vegetación exuberante, pistas de baile en forma de terrazas a distinto nivel, y barras por todas partes. Parecía una selva tropical. Personalmente, a mí me gustaba más otra discoteca que se llamaba Pampols, en la carretera de Oliva. Aunque era mucho más cutre, sin pistas exteriores, con una sola pista, y con todos los sofás manchados de fluidos de imposible catalogación, la música era mucho mejor, más en el estilo ochentero que nos gustaba a casi todos, salvo las honrosas excepciones que se daban en todo tipo de pandillas. Creo que por aquel entonces, Pampols ya estaba cerrada, por lo que no nos quedó más remedio que ir a Hexágono con toda la patulea.





Camisas de seda de colores imposibles, pantalones de pinzas, camisetas de esas negras caladas, zapatos de tacón imposible en las chicas y brillantes en los chicos...La parafernalia que rodeaba la salida nocturna a la discoteca obligaba a vestir una moda que, vista hoy en día, creo que nos haría vomitar. Por suerte, en aquella época, resultaba casi imposible hacer fotos nocturnas, porque un buen flash no estaba al alcance de cualquiera, y en todo caso, no se solían llevar cámaras a esos lugares por temor a que nos la mangaran. En la discoteca, Pilar se lo pasó bien, pero sin exagerar. Bailamos bastante poco, entre otras razones porque en la pista no cabía un alfiler, y además la música resultaba atronadora. Me resultó curioso comprobar lo que había cambiado yo con respecto a lo de hacer el cabra en la pista. Lo único que me apetecía era sentarme un rato tranquilamente con Pilar, bebernos mi Gin Tónic y su Bloody Mary (le encantaba ese combinado. Algún día os contaré lo bien que lo preparaban en un semiescondido pub de Doctor Esquerdo), y hablar en susurros de lo divino y de lo humano. Decidimos entonces volver a la playa, cuando la noche discotequera estaba en pleno apogeo. Al despedirnos, mi amigo el brasas se quejó de lo muermos que nos habíamos vuelto, etc, etc. Le dejé que hablara, que se desahogara, y después nos despedimos Pilar y yo hasta el día siguiente. No podíamos más. Al día siguiente, bajamos los primeros a la playa. Después de un par de horas, bajaron los demás, y con los ojos vidriosos y un terrible dolor de cabeza, nos contaron lo bien que se lo habían pasado con el chis-pum chis-pum hasta casi el amanecer. Es algo que nunca he terminado de comprender del todo bien. Desde que empecé a salir con Pilar, se me quitaron completamente las ganas de andar zascandileando por ahí hasta altas horas de la madrugada. Y no creo que fuera por su influencia. No. Creo más bien que ese cambio se debió a una necesidad por mi parte de pasar más tiempo con ella, sin necesidad de ningún complemente externo. Lo hemos pasado de muerte muchas veces por la noche, pero simplemente charlando con los amigos de temas más o menos trascendentales, relacionados normalmente con los hechos y acontecimientos de otros amigos que en ese momento no estuvieran presentes. Supongo que eso es algo que le ocurre a todo el mundo. Cuando estás con un grupo de amigos te dedicas a exaltar su amistad y a poner a parir a los que no tienen el privilegio de tenerte entre sus amigos.





Otra situación que se produjo durante aquella semana del 89 fue la inevitable salida al cine de verano. Programa doble, suelo de grava tapizado de cáscaras de pipas y restos de bocadillo de tortilla, sillas independientes de hierro y madera, que se acababan cuando la película era interesante, barra de bar que apagaba su luz normal y encendía una morada cuando empezaba la película, taquillera con labor de costura, acomodador que cortaba las entradas que le daba la gana, para devolver el resto al taco y defraudar así a Hacienda, carreras y gritos para coger el mejor ángulo, cervecita o coca-cola en el suelo (la mitad de las veces se derramaba), y película en rollos, que a veces se quemaba, y otras veces se volvía ininteligible porque el operador se equivocaba y cambiaba el orden de los rollos. Todo eso, y mucho más (peleas por ponerte al lado de la chica que te gustaba, carreras hacia “el establo”, una zona tipo corral techado, cuando caía una tormenta de verano, comentarios graciosos en voz alta, unas veces aplaudidos y otras chistados), era el cine “El Alamo”. Había otro, el cine Charly”, pero el que se llevaba el gato al agua era “El Alamo”. Como un ritual, fuimos todos una noche, y al ponernos la chaqueta, a eso de las dos de la mañana (la primera película comenzaba más o menos a las nueve y media, y el descanso duraba casi media hora, así que echad cuentas), Pilar y yo aprovechamos para abrazarnos y darnos calor el uno al otro. Una noche memorable.





En la próxima entrada os contaré nuestro viaje a Salou.

jueves, 21 de mayo de 2009

El gran susto del 89


Pasó la Semana Santa, y comenzó la fase de calor. Aquel año parecía querer adelantarse el verano. Recuerdo con especial desasosiego los trayectos con aquel coche sin aire acondicionado, de una obra a otra, cada vez más numerosas y más alejadas, con el cigarrillo asomando siempre por la ventanilla, el volante al rojo vivo, y una cinta de cassette sonando a todo trapo, mientras no se atascara, en un vetusto radiocassette de varios kilos de peso. Por aquel entonces escuchaba indiscriminadamente a Camarón, Miles Davis, Asfalto, Iceberg, Sisa, Charlie Parker y otros indocumentados de esa ralea. La cosa cambiaba cuando recogía a Pilar, que ponía cintas de Black, Serrat, Roberto Carlos, y otra fauna bastante más elegante que la que me atraía a mí. Su presencia en el coche servía para dignificarlo. Siempre me echaba la bronca si llevaba planos o papeles desparramados por el asiento trasero sin orden ni concierto, y me obligaba a colocarlo todo antes de movernos. De vez en cuando abría el maletero, y colocaba todo en un orden perfecto, que yo siempre he sido incapaz de conseguir. Era ella la que compraba el ambientador adecuado, la que daba la orden de llevarlo a lavar, la que limpiaba la guantera de papeles y todas esas menudencias inútiles que llevamos todos.

Un sábado indeterminado, entre Semana Santa y verano, quedamos con Montse y Javier, Luis y Feli, etc, y pasamos la tarde en casa de estos últimos. Una tarde muy agradable, que se prolongó hasta altas horas de la madrugada. Al volver a casa, después de dejar a Pilar en la suya tras una larga charla en el coche (era otra costumbre nuestra. Nunca encontrábamos el momento para despedirnos del todo, salvo en las escasas ocasiones en las que había un mosqueo de por medio), me encontré con una imagen de esas que jamás olvidas, porque se te queda grabada en la memoria como a fuego: mi madre, en pijama, surgió de la oscuridad del pasillo, llorando, y me dijo que a mi padre le había dado un infarto.

Al susto que me produjo la situación, sobre todo porque lo último que esperaba era que mi madre estuviera despierta a tan altas horas de la madrugada, hay que unir la gravedad de la noticia, soltada además así, de sopetón, sin anestesia ni nada. No nos olvidemos de que, en aquella época, los teléfonos móviles eran todavía una quimera inalcanzable. Recuerdo que el corazón empezó a latirme deprisa, mientras mi madre empezaba a contarme parte de los detalles, pero sin entrar en muchas profundidades. Tan nervioso estaba, que no se me ocurrió otra cosa que llamar a la Clínica Puerta de Hierro, lugar al que le habían llevado, para preguntar sobre su estado, y sin tener en cuenta para nada la hora que era. La amable enfermera que me cogió el teléfono (otra cualquiera me habría mandado lejos por telefonear a esa hora) me dijo que mi padre seguía en la UVI, pero tranquilo y completamente estabilizado. Se lo dije a mi madre, que se quedó más tranquila ante la noticia y dejó de llorar, y yo me quedé con la duda de si llamar a Pilar o no para contárselo. Por suerte se impuso la cordura, y decidí dejar que descansara.

Aquella noche, como no podía ser de otra manera, dormí poco y mal, y me desperté al día siguiente más cansado de lo que me había acostado. Nada más despertarme, llamé a Pilar y le conté lo ocurrido. Inmediatamente me dijo que se venía conmigo a la Clínica Puerta de Hierro. Yo le dije que no, que lo dejara, que ya le contaría por la tarde, pero insistió, y después de poco más de una hora, la recogí y nos fuimos para allá.

Mi padre estaba en la UVI, y solo se podía pasar de uno en uno. Cuando me tocó el turno, después de mi madre y de mi hermana, me calcé esos patucos de plástico que dan en los hospitales, y entré en la sala. El pobre estaba entubado de arriba abajo, y cuando me vio no pudo evitar emocionarse.
El infarto de mi padre marcó un antes y un después en su vida. Había empezado a sentirse mal en el chalet de un amigo, en los Negrales, después de comer y de echar una partida muy suave al frontón. Achacó al principio el malestar a la comida, pero cuando tuvo que acostarse porque no aguantaba más, mi madre insistió para que el amigo pidiera una ambulancia. De no ser por la intuición y la insistencia de mi madre, es muy posible que no lo hubiera contado.

Apenas estuvo un par de días en la UVI. Enseguida, el martes o el miércoles de la semana siguiente, le pasaron a una habitación. Pilar y yo íbamos a verle casi todos los días. Era la primera vez que ocurría algo grave en mi familia, y estábamos todos muy sensibilizados. Recuerdo aquellos días con una gran carga de tristeza, porque las cosas también empezaron a torcerse en la empresa. Cada vez había más trabajo, yo tampoco tenía demasiada experiencia, y eso hizo que se complicaran las cosas. Por suerte, Pilar seguía a mi lado, a pesar de que, supongo que inevitablemente, debido a lo de mi padre y a la triste situación en la empresa, mi carácter cambió. Ella estaba llena de optimismo, a pesar de que también en su empresa las cosas estaban empezando a ponerse duras, con una carga de trabajo excesiva y una presión sobre los empleados fuera de lo normal.

Con el paso del tiempo, nos dimos cuenta de que a mi padre le había dado un infarto terapéutico. A raíz de aquello, dejó de fumar y adelgazó un montón de kilos. Lo peor fueron las secuelas, ya que tanto mi cuñado Javier como yo tuvimos que dejar de fumar también, porque de fumarse más o menos un paquete de Winston diario, mi padre pasó a convertirse en un allatola antitabaco, actitud que mantiene incluso hoy en día. El caso es que mejoró ostensiblemente su salud, salió pronto de la Clínica Puerta de Hierro, se hizo sus correspondientes pruebas de fuerza y análisis, y todo volvió a la normalidad. El médico que le trató le dijo que había visto anginas de pecho peores que su infarto, pero que de todos modos se cuidara, y lo hizo. Vaya que lo hizo. Para eso estaba además mi madre, ojo avizor ante cualquier cosa que pudiera perjudicarle, tanto a nivel de alimentación, como en lo que se refiere al ejercicio diario.

La actitud de Pilar en aquellos momentos duros de mi vida fue la de estar a mi lado en todo momento. Conocíamos muchas parejas que, llevando incluso más años de relación, se habían venido abajo ante cualquier problema que tuviera uno de ellos, y yo había llegado incluso a pensar en aquella época que estaba sometiendo a Pilar a una prueba muy dura. Estaba por aquel entonces muy lejos de conocer todavía la categoría real de la persona con la que había decidido compartir mi vida. Lo de mi padre, que a mí se me había hecho un mundo, no era casi nada comparado con todo lo que vendría después, y no me refiero a los dos últimos años, sino a acontecimientos, no muy lejanos en el tiempo, a los que les llegará el turno en próximas entradas. Era la primera vez que sufríamos una situación de enfermedad familiar grave de un pariente cercano, aunque ella había tenido la experiencia de sufrir la muerte de su tía Amadora y de uno de sus hijos, ambos de cáncer. Una experiencia terrible. Estaba, por así decirlo, más acostumbrada al dolor que yo, que jamás había vivido una experiencia ni siquiera parecida. Esa madurez de Pilar me ayudó mucho a sobrellevar con más o menos entereza todo el asunto de mi padre.

martes, 12 de mayo de 2009

Días de convivencia




Después de la resaca de luces, colores, sabores y olores que supuso aquella Navidad de 1988, comenzó el 1989, como debe ser. Un año que se presentaba con una frenética actividad laboral, tanto para Pilar como para mí. La agencia de publicidad en la que trabajaba ella, en pleno corazón de la colonia de El Viso, echaba humo, y las reformas y rehabilitaciones que emprendía la empresa para la que trabajaba eran cada vez más numerosas. Un aluvión de trabajo que no se correspondía con el personal destinado al mismo, que lejos de aumentar, en ocasiones disminuía. Cada vez me adjudicaban más obras, y situadas en lugares cada vez más lejanos entre sí. El pobre Peugeot 205 rojo estaba cada vez más agobiado, y yo con él.

Como anécdota de la memoria, relacionada precisamente con el coche, deciros que recuerdo perfectamente el asqueroso olor a tabaco que nos golpeaba, tanto a Pilar como a mí, cada vez que nos metíamos en el habitáculo. En verano no era tan grave el asunto, porque por fuerza había que abrir las ventanas. Y dándole a la manivela, porque por aquel entonces no existían los cómodos botones de ahora. ¿Y porqué había por fuerza que abrir las ventanas?. Pues porque mi corto presupuesto no daba para comodidades, y porque un coche con aire acondicionado, si es que existía en aquel momento, era todo un lujo para los bolsillos de simples curritos como nosotros. El caso es que, por aquel entonces, tanto yo como muchos de los que se subían al coche (excepto Pilar, claro) fumábamos como chimeneas, y teníamos la costumbre de llenar los ceniceros, todos los ceniceros (puertas y centrales incluidos. Creo recordar que había seis o siete. ¿Es posible que hubiera incluso en el respaldo de los asientos delanteros?. Hasta ahí no llego). Gran parte de los amigos excursionistas de fin de semana fumaban, o sea, que era un auténtico desastre, que se intentaba paliar a base de comprar diferentes ambientadores, a cual más hortera y poco duradero. Esto pasaba en los coches de todo el mundo, no os vayáis a pensar que el mío era el único. Lo curioso del asunto es que, si ahora me subo en el coche de alguien que fuma en su interior, me mareo casi al instante. Parece mentira como ha cambiado nuestra capacidad de aguante (¿alguno de vosotros sería capaz de calzarse ahora un viaje Madrid-Cádiz, por una carretera nacional y varias comarcales, con el coche lleno de bultos, seis personas en su interior, sin aire acondicionado, y teniendo que parar cada cincuenta kilómetros para que no se rompiera la correa del ventilador?. Pues Pilar y yo lo habíamos hecho varias veces cuando aún no nos conocíamos, con nuestros respectivos padres y más familia. Con un par.

Nos vimos poco aquellos primeros meses del 89. Los dos acabábamos tan agotados, que muchas tardes entre semana preferíamos irnos directamente a casa a descansar. El frío, la lluvia y el aire tampoco ayudaban precisamente a que quedáramos. Nuestra oportunidad de resarcirnos de haber pasado tan poco tiempo juntos (exceptuando los fines de semana, por supuesto, que eran por completo para nosotros) llegó cuando se presentó la Semana Santa de ese año. Tanto los padres de Pilar como los míos hicieron sus planes, como estaba mandado, y unos se fueron al pueblo, y los otros a la playa. Tanto Pilar como yo pusimos la excusa de tener que trabajar el sábado (que en mi caso era verdad, pero solo durante un par de horas), y nos quedamos en Madrid, con toda la casa de Pilar y la mía para nosotros, ya que mis hermanos se habían ido con mis padres.

Fueron cuatro días de ensueño. A una escala bastante pequeña, tuvimos la oportunidad de conocer, de una forma superficial, pero fidedigna, la calidad que iba a tener nuestra futura convivencia. Estábamos tan a gusto tumbados a la pata la llana, que ni siquiera nos planteamos salir a ningún lugar. El sábado por la tarde, por aquello de desentumecer un poco los músculos, hicimos un esfuerzo sobrehumano, y sacando fuerzas “de franqueza”, como dice un amigo mío (para los que queráis saber como se dice realmente, es “fuerzas de flaqueza”), cogimos el coche y nos dirigimos a Chinchón, aunque solo fuera para tener algo que contar a los que volverían el domingo.

Recuerdo aquella tarde en Chinchón como una de las más asquerosas de toda nuestra vida. A la chucha (cuando Pilar decía “tengo chucha”, se refería a una mezcla letal de sueño, cansancio, aburrimiento y flojera en general. Se manifestaba mediante bostezos, estiramientos de brazos y piernas, y en su fase más aguda, mediante sueños echados en los lugares más insospechados y en los momentos más intempestivos) que nos invadía, había que unir el tremendo calor que hizo ese día, más aplatanador si cabe por la lluvia caída durante el día anterior. Para colmo, Chinchón estaba lleno de gente, que se había pasado todo el santo día viendo y esperando procesiones. Nos costó Dios y ayuda encontrar un rincón en un mesón de la plaza mayor para cenar un escuálido pincho de tortilla y una ración de calamares, por la que nos clavaron como nunca nadie lo había hecho.

Después de un par de horas de deambular, de bostezar, de contener empujones, y de comprar alguna que otra chorrada de recuerdo, Pilar y yo nos miramos a los ojos, y decidimos, sin decirnos nada, que ya estaba bien, que ya habíamos tenido nuestra correspondiente excursión, y que ya era hora de volver a casa. El resto de la semana lo finalizamos haciendo justo lo que habíamos hecho antes de nuestra salida a Chinchón: visualizar compulsivamente las películas de romanos que nos han marcado a lo largo de nuestra vida, año tras año, sin desmayo ni descanso. Quo Vadis, La Túnica Sagrada (la tónica salada para los más irreverentes), Rey de Reyes, Ben Hur (la buena, la de Charlton Heston que estuvo varios años colocada en un cine de la Gran Vía o de Fuencarral, no recuerdo, con un cartelón de varios miles de metros cuadrados) y Los Diez Mandamientos, una película que jamás he entendido qué pintaba ahí, porque su acción se desarrollaba varios miles de años antes que lo que se supone que se debe recordar en Semana Santa.

Pilar y yo nos tragamos todas esas películas, convenientemente aderezadas con los correspondientes platos de patatas fritas, panchitos, ganchitos y demás delicatessen, convenientemente regadas con una mezcla de vino tinto y coca-cola (calimocho).

Cuando acabaron los cuatro días de vacaciones, tanto Pilar como yo estábamos convencidos de que no íbamos a tener ningún problema para convivir juntos. Casi nos llegó a molestar tener que recibir a la parentela de vuelta en casa. Durante el lunes y el martes seguimos viéndonos, aunque no era nuestra costumbre, para mantener el buen rollo que habíamos tenido durante la fiesta propiamente dicha. No teníamos fotos, no habíamos salido, no habíamos ido a cenar a ningún lugar emblemático, no habíamos visto nada nuevo, ni tan siquiera la calle, pero lo habíamos pasado fenomenal. Los dos descubrimos durante aquellos días felices, y así se ha mantenido a lo largo de los muchos años que hemos compartido juntos, que jamás íbamos a necesitar nada que no fuera el uno del otro. Hemos disfrutado de salidas, de viajes, de amigos y de familia, pero cuando las circunstancias nos han llevado, o hemos forzado para que nos llevaran, a pasar un período de tiempo más o menos corto los dos solos, no solo no nos ha importado en absoluto, sino que hemos sabido disfrutarlo como pocas personas saben hacerlo. Por supuesto que ha habido roces, caras largas y malos rollos, pero por suerte han durado bastante menos que la felicidad que hemos sentido siempre el uno con el otro. Hemos viajado mucho los dos solos, y después con Sergio, los tres solos. Hemos disfrutado tanto de esos viajes como de los que hemos hecho con familia y amigos. En todos ellos hemos contado los días que faltaban para su finalización, pensando con tristeza en la vuelta al trabajo, al barrio, a la rutina, vaya. Jamás hemos tenido que finalizar una etapa antes de tiempo, por aburrimiento o por nostalgia de lo habitual. Todo lo contrario. Y si no hemos salido, como en esta ocasión que os he contado hoy, también hemos disfrutado como chiquillos. ¿La clave?. Tenernos el uno al otro, simplemente.

jueves, 7 de mayo de 2009

Navidades del 89


Las navidades de 1989 marcaron un antes y un después en nuestra forma de celebrar esa fiesta tan señalada. Hasta aquel momento, por ejemplo, tanto Pilar como yo teníamos la costumbre de salir, la noche de fin de año, a multitudinarias fiestas en grandes discotecas, o en las que organizaba la Facultad de Medicina en el Hospital 1º de Octubre. Aquel año, como voy a contar más adelante, acabamos con esa costumbre.

Nuestra relación era todavía lo suficientemente joven como para que cenáramos juntos, cada una de las noches señaladas, con su familia o con la mía. Esa costumbre la adquirimos varios años después, cuando comenzamos a vivir juntos. Aquel año nos limitamos a llamarnos por teléfono la noche de Nochebuena, y a vernos, para ir al cine, la tarde del día de Navidad. El resto de las fiestas disfrutamos de unos cuantos días de vacaciones, y nos dedicamos, como dos niños, a recorrer los lugares emblemáticos de Madrid en navidad, como los distintos nacimientos que se colocan en todos los lugares y, sobre todo, Cortylandia, que por aquel entonces todavía merecía la pena.

A medida que pasaban los días se iba acumulando en nuestros cuerpos, sobre todo en el mío, la grasa contenida en mazapanes, polvorones, turrones de todos los sabores, y dulces de dudosa procedencia, envueltos, eso sí, en brillantes papeles de colores. Visitas a la Plaza Mayor, donde dos primos de Pilar, Sonsoles y Román, montan un puesto de belenes todos los años, chocolate con churros en cualquier cafetería de la zona (excepto en San Ginés. Es algo que jamás entenderé: la fama que tiene este establecimiento, cuando su chocolate es con mucho el peor que se sirve en Madrid, sus churros famélicos, y el ambiente siempre desagradable. ¡Y encima te lo sirven en vasos de plástico, por el amor de Dios!), compras compulsivas de todo tipo de regalos, y objetos de artesanía que quedan muy bien en el puesto correspondiente, pero fatal encima de la televisión de tu casa, y todo lo que, en definitiva, se suele hacer en navidades. Ni que decir tiene que la paga extra de aquel año voló como por encanto con tanta salida y tanta compra absurda, pero no nos importaba, porque éramos felices como lombrices, y las luces y la musiquilla machacona nos decían que no pasaba nada, que era navidad, y que había que gastar.

Sirva todo lo dicho anteriormente como una especie de ironía sobre nuestra actitud ante la Navidad. Aquel primer año no nos conocíamos todavía en profundidad. Nos estábamos tanteando mutuamente, y a veces nos callábamos nuestras opiniones, por prudencia, y sobre todo por respeto al otro. La verdad es que nunca nos ha gustado la Navidad. Aparte del frío y la lluvia, algo que Pilar odiaba en profundidad, siempre hemos considerado la Navidad como una descarada manifestación comercial y derrochadora. Empezamos a disfrutarla algo cuando Sergio era pequeño, y le llevábamos a la cabalgata, a los belenes o a cualquier otro lugar destinado a chavales, pero aún en esos momentos nos ha costado disfrutar. Pilar siempre decía que era absurdo ese espíritu de cordialidad, de jovialidad, de amor al prójimo, cuando el resto del año la gente iba a seguir dándose de puñaladas. Disfrutábamos en familia, eso sí, de las cenas y las comidas, todos juntos, recordando anécdotas de la infancia y recordando, y ese es el momento más triste del año, a los seres queridos que ya no estaban con nosotros. La Navidad siempre suponía, tanto para Pilar como para mí, un cierto estado de ánimo cercano al cansancio, a la saturación comercial y a la tristeza. Hemos procurado, todos los años, realizar alguna escapada entre fiestas, por aquello de desconectar por unos cuantos días de la locura colectiva que se apodera de nosotros desde casi septiembre, fecha en la que empiezan a aparecer los turrones en las estanterías del Carrefour.
Aquel año, la noche de fin de año tuvo un desarrollo especial, porque, como ya he dicho más arriba, fue la última de una etapa y la primera de otra diferente. Quedamos con unos buenos amigos, Maricarmen, su novio Emilio, mi primo Juan Antonio y Maise, su novia por aquel entonces, con la intención de buscar algún lugar en el que meternos. Habíamos desestimado por completo la idea de acercarnos a la fiesta organizada por los estudiantes de medicina en el 1º de Octubre. Estábamos saturados de alcohol de garrafón, música brasileña ratonera a última hora, suelo resbaladizo por el sudor de los danzarines compulsivos, matasuegras, guirnaldas y serpentinas. Aquel año, gracias también en parte a nuestro poder adquisitivo (bueno, esto es broma), nos habíamos planteado ir a cualquier discoteca de la zona de Orense, en plan parejitas consolidadas. Otra razón que se me había olvidado por la que no nos apetecía ir al 1º de octubre, era también que ya no necesitábamos ir a la búsqueda desesperada de ligue, la razón principal que nos había motivado en años anteriores.

Después de dar varias vueltas, pelados de frío, con las manos en los bolsillos del abrigo, medio pedos a causa de las copitas de champán y el vino que nos habíamos bebido en las respectivas cenas familiares, con el estómago estragado a causa de la mezcla del cochinillo, la lombarda, los polvorones, los orejones y los higos rellenos de nueces, decidimos meternos por fin en el primero que se nos pusiera por delante. Creo recordar que se trataba de La Nuit, o alguno de esa calaña. Nos hacíamos ilusiones. Por fin íbamos a entrar en un lugar convenientemente climatizado, a escuchar buena música y a tomar una copita de alcohol de marca. Pues bien, cuando nos dijeron el precio de la entrada, creo que fue Juan Antonio, o Maricarmen, el que preguntó inocentemente “¿los seis?”, ante lo cual, la taquillera, que mascaba chicle y tenía gafas con cristales de culo de botella, se descojonó literalmente de nosotros, y nos dijo “¿cómo que los seis? Por barba, hombre por barba”. Cuando por hacer cierta gracia, yo insinué “¿por barba? Entonces las mujeres no pagan”, la taquillera dejó de reír, y sin ninguna consideración nos espetó “si no vais a entrar, venga, aligerando, que hay gente esperando”. Miramos a nuestra espalda, y era rigurosamente cierto. La cola, de más de cien metros, llegaba hasta la esquina. Otro aspecto que nos desanimó fue que la mayor parte de los miembros que integraban esa cola estaban maqueados hasta las pestañas, con sus abrigos recién estrenados, sus zapatos de charol, sus blusas de encaje y sus corbatas de seda. Nosotros nos manteníamos fieles a nuestra estética de after-normal que nos había caracterizado desde siempre, con vaqueros, aquellos horribles jerséis de lana con tirabuzones verticales que nos compraban nuestras madres, acto de tortura por el cual hoy en día, con la ley del menor en la mano, deberían cumplir varios meses de condena.

La cosa se ponía fea. Estábamos aburridos de dar vueltas, y tampoco estábamos dispuestos a gastarnos una fortuna para celebrar una noche que para nosotros ya estaba empezando a no significar nada. Pilar surgió entonces como salvadora, y nos propuso ir a su casa, a jugar a las cartas y a ver la televisión. Su propuesta actuó como un bálsamo sobre nuestras conciencias. Accedimos rápidamente, y en menos de media hora estábamos a cubierto, bebiendo una copita en la tranquilidad del hogar. No recuerdo si los padres de Pilar estaban durmiendo, o habían ido a pasar la noche a casa de los primos de la Elipa, pero el caso es que lo pasamos de muerte. Al año siguiente, ni siquiera nos planteamos salir a la calle. Para nosotros se había acabado esa dulce tradición de salir a pasar frío, a gastar pasta gansa y a coger una mierda que, cuando menos, te duraba un par de días, y te impedía disfrutar del concierto de Año Nuevo dirigido por Von Karajan en Viena (algo que también nos ha parecido siempre una horterada manifiesta, tengo que confesarlo), y de la tradicional comida de Año nuevo compuesta por los restos de la cena de la noche anterior.

miércoles, 29 de abril de 2009

El día del Pilar


El día del Pilar de 1988 teníamos varias cosas que celebrar. Por un lado, hacía un año justo que nos habíamos conocido, en aquella puerta del Burguer King de Diego de León. Por otro lado, tanto Pilar como su madre se llamaban igual, y era costumbre celebrar tan señalado día con una comida. Desde ese año, sin perdonar ni uno, hemos mantenido la costumbre de comer con los padres de Pilar, unas veces en algún lugar señalado, y en muchas ocasiones en un lugar concreto, la marisquería de Sánchez Ferrero, unas veces en Alcobendas y otras en Canillas.

Salvo cuando comíamos en algún lugar diferente, o cuando tan señalada fecha nos pillaba de viaje, por coincidir con algún puente señalado (en cuyo caso siempre nos las arreglábamos para viajar con mis suegros), la costumbre era siempre la misma en la mencionada marisquería: un arrocito para trs personas, una mariscada de la casa, y un par de botellas de vino blanco, que estaban de muerte. Mientras mi suegro y yo escanciábamos las copas, mi suegra y Pilar nos ponían a pariri, y nos decían, con esa mirada crítica que tanto cargo de conciencia nos provoca a los borrachos esporádicos, que ya habíamos bebido bastante. Una vez que Sergio ya comenzaba a ser mayor, y a gustarle el cine, repetimos también ese día una costumbre que se ha mantenido también invariable durante muchos años: la asistencia al IMAX de Méndez Alvaro, con su pantalla circular de dimensiones astronómicas y sus gafas para poder ver películas en tres dimensiones. En más de una ocasión, y gracias a la velocidad y a las imágenes de las películas que se proyectaban en la superpantalla, hemos sentido cómo el arrocito y el marisco bailaban una sardana en el interior de nuestros estómagos. La sensación al ver una película con cámara colocada durante un buen rato en la primera vagoneta de una montaña rusa, resulta más dura que montar en la montaña rusa real.

Recuerdo con especial cariño dos jornadas señaladas de nuestro día del Pilar. Una se produjo hace escasamente cinco años, más o menos. Habíamos terminado de comer en nuestra marisquería preferida, y decidimos no ir al IMAX, sino al museo de la Caixa, situado más o menos cerca del restaurante. Mi suegro Pepe y yo caminábamos con nuestro puntito habitual, producido por las dos botellas de vino que nos habíamos metido entre pecho y espalda. Nuestras respectivas comentaban lo ganso de nuestro aspecto, las tonterías que hacíamos y decíamos, y Sergio, con sus ocho o nueve años recién cumplidos, se reía como un bendito de su padre y de su abuelo, perjudicados ambos por el maldito alcohol. En esas estábamos, recorrida más o menos la mitad del camino hacia nuestro lugar de destino, cuando el cielo, que hasta entonces había lucido un majestuoso y despejado tono azulado, comenzó de repente a oscurecerse, con tan mala fortuna, que a los pocos segundos comenzó a caer una impresionante tromba de agua. Tan convencidos estábamos de que nos iba a hacer un día magnífico, que ni siquiera habíamos tomado la precaución de coger os paraguas, por si acaso. La lluvia, torrencial y con una fuerza impresionante, les destrozó completamente el peinado a las dos mujeres, que habían ido ilusionadas a la peluquería el día anterior. A Pepe y a mi nos caló totalmente los trajes que ese día habíamos decidido colocarnos, sin saber muy bien porqué, porque siempre habíamos ido de sport. Más o menos arreglados, pero de sport al fin y al cabo.

Creo que jamás he visto bajar tanta cantidad de agua por una calle como aquel nefasto día. Pe3pe y yo nos despejamos de repente, nos olvidamos de nuestra leve cogorza, y emprendimos una alocada carrera, cogiendo a Sergio medio en volandas, a la búsqueda de algún lugar en el que refugiarnos. Como era de esperar, llevábamos zapatos nuevos, con los cuales la simple acción de correr se convertía en toda una tortura para nuestros pies. El agua se abría camino hasta la planta, en la se producía un chapoteo cada vez más pronunciado. A todo esto hay que añadir que Sergio, a pesar de la lluvia, se iba meando literalmente de la risa que le entró al ver a su patética familia inundada de los pies a la cabeza. La fatalidad había querido que caminásemos por una calle no solo sin locales comerciales, sino ni tan siquiera con un alero o con un árbol salvador. Tuvimos que correr un buen trecho hasta llegar al porche de un colegio, lugar en el que recalamos para hacer un recuento de destrozos y de bajas en nuestra vestimenta. Las mujeres emitían “uuuuuuuu...” de disgusto y consternación, mi suegro y yo nos quitamos los calcetines para exprimirlos e intentar secarlos un poco, y el bueno de Sergio, que gracias a los esfuerzos de su abuelo y mío era el que más airoso había salido del aguacero, se reía sin parar. Aquello no nos amilanó lo más mínimo. Después de haber repuesto en cierto modo nuestro aspecto, y una vez que la puñetera nube pasó de largo, eso sí, reemprendimos nuestro camino hasta Cosmocaixa, donde pasamos una tarde de lo más agradable roncando admirablemente en el planetario.

En otra ocasión, cuando Sergio apenas contaba con uno o dos años, llevamos a mis suegros a “La fonda”, un magnífico restaurante catalán situado en Príncipe de Vergara, hoy en día ya cerrado, que habíamos descubierto Pilar y yo cuando éramos novios. Un lugar elegante, sofisticado, y no demasiado caro, en el que habíamos reservado mesa para cinco con una semana de antelación.

Llegamos al restaurante al filo de las dos y cuarto, la hora a la que habíamos reservado. En el trayecto desde casa al lugar de la celebración, de una duración de apenas quince minutos, Sergio había aprovechado para dormirse en el coche. Aquello me escamó un poco, porque los despertares de Sergio siempre eran violentos, pero en fin, no le di demasiada importancia. Cuando aparcamos el coche, sacamos la silla, porque Sergio se despertó sin demasiadas ganas de andar, aunque ya lo hacía, y como una persona mayor. Entramos en “La Fonda”, y desde la misma puerta, un amable maitre, escrupulosamente trajeado, nos acompañó hasta la mesa que habíamos reservado. Sergio dormitaba. Sonaba una música ambiente suave, la temperatura del local era la ideal, no se escuchaba una mosca por parte de los comensales... El selecto lugar impresionó a mis suegros, que no lo conocían. El maitre cogió cuatro cartas, apartó las sillas de las señoras, y solicitó amablemente que nos sentáramos. En aquel momento, Sergio se convirtió, literalmente, en un geiser humano, algo que solía sucederle cuando se quedaba dormido en el coche, como ya he comentado anteriormente. Jamás he visto una vomitona (bueno, sí, en otra ocasión que ya aparecerá por estas páginas) del calibre de la que aquel día del Pilar vertió mi hijo sobre sus parientes más cercanos, sobre un amable maitre catalán, y sobre todo un mantel bordado a mano. Resultó increíble. Mi suegra gritó un “uuuu...” de terror cuando el biberón que se había tragado la criatura a media mañana, decidió por su cuenta salir a ver mundo. Nos quedamos todos de piedra, incluido el maitre y, por supuesto, los comensales, que apagaron sus conversaciones para observar el fenómeno. El buen hombre intentó convencernos de que nos quedáramos, de que no pasaba nada, de que se cambiaba el mantel y listo, pero mientras decía esto, yo olisqueaba el fuerte olor a leche agria que estaba empezando a emanar de mi hasta entonces impoluto traje, y Pilar me hacía gestos con la cabeza para decirme que saliéramos de allí escopetados. Me inventé la excusa de que teníamos que llevar al niño a urgencias, porque aquella vomitona no era normal, y salimos del restaurante, corridos, avergonzados, y con un hambre de mil demonios. Mientras volvíamos a casa en coche (lógicamente, no podíamos ir a ningún otro lugar), nos entró la risa, esa risa floja que te entra en las situaciones más patéticas. Hasta el cabroncete de Sergio se descojonaba, como si entendiera perfectamente el tinglado que había liado.
Ni que decir tiene que jamás volvimos a “La Fonda”, ni solos Pilar y yo ni, por supuesto, en familia. Cada vez que nos lo planteamos, pensamos que hubiera sido muy vergonzoso que aquel pobre maitre nos hubiera saludado diciendo “Buenos días. ¿Se ha recuperado ya nuestro pequeño geiser humano?"